mensaje baboso

Pedro Mairal, leitmotiv de nuestros sueños húmedos, hizo catarsis literaria y escribió acá sobre su práctica de Tai Chi lingüístico.

Queremos decirte, Pedro, que nosotras detestamos el "sorbete" y no tenemos miedo de llamar a las cosas por su nombre.

Somos MILITANTES de la PAJITA.

lO que las mUjereS callan


A veces llegar a un cyber puede ser más que entretenido; sobre todo si te encontrás con una charla de chicas.


Lola dice: ¿En qué andás?
Colo dice: No sé, recién me llamó B, supongo que veré una peli, algo tranqui. Estoy muerta
Lola dice: Colo tiene novio.
Colo dice: Puajjjj
Lola dice: jjajajaja
Colo dice: ¿El ninja?
Lola dice: Yo me conformo, sólo quiero un buen garcheeeee.... algo esperanzador jajajajja
Lola dice: ¿Quién es el ninja?
Colo dice: La tortuga, B. Es más lentooooooooo…
Colo dice: Un buen garche, yo también quiero un buen garche; puta madre extraño a mi amante, acá son un desastre estos boludos.
Lola dice: Totales.
Colo dice: No saben coger o la tienen mini… zzzzzzzzzzzzz
Colo dice: Qué brinca, y yo que hago yoga, jajaja
Colo dice: Brinca, jajaja BRONCA
Lola dice: Jajajajaja estás con pensamiento erótico.
Colo dice: Ay, si. Tengo ganas de coger, en verdad que me cojan, pero bien cogida.
Lola dice: A veces eso no es tan fácil de conseguirrrr
Colo dice: Ayer en la fiesta pensaba, puta madre, me chaparía a uno de estos pendejos y que me dé con todo. Si es fácil, el rollo es sostener lo que viene con eso.
Lola dice: Si eso hago a veces.
Colo dice: Allá podía cogerme uno distinto cada noche si yo quería. Allá todos quieren coger siempre, es maravilloso, jajaja.
Lola dice: Son unos cogedores.
Colo dice: Acá son unos apáticos de mierda vagos del orto.
Lola dice: Jajajajaja
Colo dice: Lo siento, estoy contra los hombres. Qué joda.
Lola dice: Te comprendo
Lola dice: No hay de dónde sacar y cuando sacás son una bosta.
Colo dice: Y el ninja que no hace una buena perfo, malllll, y yo... la más boluda me "encariño", puta madre!!!!
Lola dice: Lo màs facil es conseguirte pendejos.
Colo dice: Cucharita, cucharita, como si la cucharita me llevara a un orgasmo.
Lola dice: A mi también me pasó...
Colo dice: A full, un pendejo, pero bien pendejo, eh? y a coger. Luego ni lo tenés que ver.
Lola dice: Me encariñe a pesar de la bosta... Me agarró por el sentimiento maternal.... jajajjaj.
Colo dice: No way!
Lola dice: Deberíamos tener burdeles decentes para nosotras también!!!
Colo dice: Ves??? Así nunca voy a poder estar con uno solo, siempre voy a estar buscando un amante.
Lola dice: Yo he concluido que uno tiene que aceptar tener amantes y punto.
Colo dice: Totalmente, el martes hablaba eso con una amiga, queremos ir a un burdel a flashear.
Lola dice: Es que a mí me pasa siempre lo mismo: con los que cojo de la puta madre, no los aguanto en la interacción normal y con los que me llevo de la puta madre, cogemos para el orto.
Colo dice: Mirá con G cogía maso, para mí era medio desastroso, aunque últimamente estaba más performático, porq le dije: loco, pilas que hacés el ridículo.
Lola dice: Entonces la solución es quedarme con los que me llevo de la puta madre y conseguirme un amante.
Colo dice: Ayyy sí pasa eso, pero mi amante era genio total, tipo que interacción de puta madre y sexo increíble. Y no se enamora de mi, carajo; igual, está lejos ahora.
Lola dice: ¿Pilas que hacés el ridículo?
Colo dice: Sí, pilas que hacés el ridículo.
Lola dice: Que mierda boluda... que difícil encontrar eso.
Colo dice: Sí, si, hay que tener amantes y listo. Mirá, me voy a casar con B y viajaré cada tres meses por trabajo, y visito a mi amante.

funcióncontinuada

y si detenemos el tiempo, y me cobijo en tus brazos, y sueño que es mañana, y empiezo a pensar en el café amargo que tomaremos juntos en el balcón, y entonces te quedarás observándome, mientras yo juego con mi pelo, con los ojos achinados por esos rayos de sol que se posan sobre mi rostro qué te pasa te diré, y sonreiré tímidamente, jugando a que soy tímida, jugando a que soy niña, jugando a que soy un gatito que ronronea hasta llegar a vos, y acariciarás mi cabeza, y con mi rostro entre tus piernas empezaré a lamerte, y el tiempo se detiene y te levantas de la cama y me quedo observando cómo te aproximas al baño, y una lámina de luz ilumina mi entrepierna, y no sé si cubrirme o quebrarme esperando que regreses, pero tardás, y poso sola, y me toco, esperando que regreses y me la chupés toda, hasta que me canso, y volvés, y me decís que ya es tarde, que te vas, quedate te digo, pero me decís que no, que mañana trabajás temprano, que otro día hablamos, y me visto para abrirte la puerta, y me das un beso seco, y te vas, sin que te haya dado mi número, y regreso a mi cama con el tiempo detenido, mientras abrís la puerta con el pie, dos tazas de café en la derecha y un plato de tostadas con dulce de moras en la izquierda, y el viento cierra la puerta, abrís la persiana y vemos el agua caer, y te digo qué buen día para quedarse en la cama viendo pelis, y te acostás a mi lado a mirar la lluvia.
Un amante es un amante, nunca te olvides de eso. Así que no le estés pidiendo al amante que se quede a dormir, él necesita ese radiotaxi porque mañana sino “es un kilombo” levantarse en una cama que no es… , para qué, si son las dos de la mañana y ahí está el amante atándose las ponys, ubicando sus medias, y diciéndote que no te quedes mal, que todo bien, que gracias por llamar. Un amante es un amante y no va a suplir “esa” necesidad de abrazo, de noche entera. Porque para pasar una noche entera es necesario algo más que chateadas momentáneas, que mensajes sorpresivos, que jueves que terminan como no hubieras imaginado. Y ahí está el radiotaxi del amante, cuánta seguridad, no da tomarse un bondi, no da porque es de noche y la inseguridad está aniquilando profesionales, viste lo que pasó con el ingeniero… Y bueno sí, fue lindo, que lo pasaras a buscar con la bici en la puerta de la facultad, había ahí mucha gente haciendo una sentada por los maestros tomando cerveza, pero ellos no eran como nosotros, nosotros ya no tomamos birra en la calle, nosotros nos sentamos en un bar, adentro, porque en la vereda para qué, si pasan los autos y te tiran todo el humo del escape, para qué si la noche la disfrutamos igual desde la ventana. Y el menú bueno, nos jugamos a lo seguro, una pizza y una Stella, que es mejor que la Quilmes que es pura agua y bueno, charlamos de trivialidades, de los exámenes y la televisión. El amante sabe de televisión porque a la noche no se puede dormir y mira hasta que le entra el sueño. Un amante es un amante que se puede divertir con vos, que sos una copada y tenés la risa a flor de piel, que estás hermosa con ese vestido y la bici que te da un aire adolescente, pero sólo un aire, nada más, que le hace bien al amante, porque lo saca de la rutina, aunque la rutina a él le gusta porque se siente seguro ahí, para qué andar experimentando, que esa época ya pasó. El amante paga porque es un caballero y le regalás el momento más barrial del año cuando te acompaña con la bici hasta tu casa y eso lo calienta un poco, en la puerta te da unos besos medio comprometidos y eso le va a parecer re loco, re distinto, porque hace mucho que no hace eso, desde punta del este 98 que no se sube a una bici. Juega con las lomas de burro, el amante, se sube torpe a la vereda. Vos con la campera de él en la mano te sonreís por dentro y pensás “que está disfrutando” ya una vez en tu cuarto todo es como sabías que iba a ser, el amante tiene imaginación y esta vez está inspirado y capaz que hasta te la chupa un rato. Qué lindo. No fumás porque al amante no le gusta el humo, sos la reina de las concesiones, qué bien, por lo menos es una noche sin fumar y eso está bueno, lo hacés por él y te sentís que estás haciendo algo por alguien. EL amante remolonea, despeinado, por ahí te abraza y te dice algo dulce, edulcorado, “me gustó” o algo por el estilo, que para decir algo más que eso hace falta un poco más de conexión y no es que no la tuvieran, no, es que bueno, no se dio, que tal vez más adelante. Timbre. En bombacha hasta la puerta despedís al amante con un beso frío, y volvés a tu cuarto y te fijás, nada interesante en el msn, ya leíste a la tarde todos los blogs que te gustaban y los diarios sólo tiran noticias de Bianchi o Maradona. Al amante le gusta Bianchi. Te acordás de los momentos en que no había tanta historia y las dos de la mañana era un horario prudencial para quedare remoloneando y dormir juntos. Te acordás de cuando no necesitabas forzar la sorpresa porque venía sola y era lindo así, tan natural. Te acordás de que hubo alguno que te dijo lo linda que estabas y sentiste la sensación de ser única para alguien por un rato. Te acordás de las batallas con almohadones, de los porros para compartir, de los ceniceros que te van a despertar a la mañana, de estar en pedo tranquila porque a nadie le importaba quedar en ridiculo, porque era tu cuarto y tu cuarto era un lugar seguro. Prendés el segundo cigarrillo cuando el amante ya está por Juan B. Justo y pensás cuánto tiempo hará que la vida los convirtió en adultos. A los dos.

Instantáneas de la recuperación de la inocencia.


Cenital:

Mirado desde arriba,
el suelo se comparte igual
que la esquina
de una pared húmeda.

Un poeta grita con su cuerpo
verdades discutibles,
y los vasos de todas las manos
se vuelcan a la vez.

Los que estaban notaron
la delicada conmoción
de los cristales,
la llamada interviniendo
la luz azul del piano,
los ojos fijos en un punto.

Los que estaban notaron
todo menos el momento
justo del contacto.


Secuencia:

Si la calle está helada y la seguimos
vamos a tener que patinar
juntos hasta alcanzar el refugio
de palitos y de hojas.

Al chico que lleva mi mochila
no lo conozco,
pero su gesto me dice que soy buena.
Y yo le creo.


Pienso en hacer el esfuerzo
de llevarlo en brazos.

Si llegás hasta la esquina estás conmigo.



Infrarrojo:

Que sea lento obliga

a reconocer una uva
en cada anécdota.
Decidimos cambiar la borrachera
por chicles de otra década.

En el 96, hubiéramos escapado
del partido de Argentina

por el fabuloso mundo

de los pasillos desiertos.
Ahora tenemos la mejor idea
de ser otros,
para escapar del ruido.

Mi saquito azul
planea hasta el parquet;
y es un charco idéntico al
que tenemos en mente.

Estamos cruzados por el Medio.

Yo soy un gesto,
un vuelo detenido
en el aire.
Pura pulsión paralizada.


Luz natural:

Si amanece antes que nosotros
vamos a tener tiempo para
recordar a los caídos:
un bracito de barbie que le ganó

a las mudanzas, playmobiles
heridos en puestos de feria.

Vamos a observar

la manteca y el milagro

de la conexión:
la sensación nueva es desayunar
a upa de tus ojos.

Cuando cuente tres no te vas a acordar nada

Teleobjetivo:

La despedida frente a Kodak
es una foto robada,
un investigador que a la mañana
se empeña en descubrir
quiénes éramos.

El colectivo nos regresa
al punto de las
ecuaciones matemáticas:

Ya nos da paranoia, ya maduramos
los errores, ya no dormimos dos noches
en otra cama que no sea
nuestra cama.

I did it again

Una noche, una Benjamin, una cama...

- Me encantás.
- Callate.
- En serio, me encantás; o sea, desde hace tiempo que me encantás.
- Dejate de joder.
- Me gusta tu piel, tu pelo, tus tetas, tu concha. Tenés la concha más rica que he probado en mi vida.
- Ah, eso es un halago, ¿no? Onda, no puedo decir lo mismo de tu pito. Jajaja, es una broma. No está mal.
- ¿Por qué sos así?
- Así ¿cómo?
- Así, que te hacés la mala todo el tiempo.
- No me hago la mala. Soy mala. ¿No te diste cuenta?
- Yo lo que veo es una mujer hemosa que se pone una coraza encima porque se siente atacada por el mundo.
- ¿Estás drogado?
- Vos lo que querés es alguien que te mime, que te quiera, que te acompañe.
- ¡Bingo! pero sos re persuasivo, eh?
- No te hagás la dura, sola te vendés.
- Bueno, cortala ¿no? O sea, del "me encantás" al "tenés una coraza", como que te fuiste un poco al carajo.
- Qué linda que sos. Posta, me encantás.
- Si vos no me has dado bola, ¿a qué viene ahora tanto "me encantás"? Estás ebrio.
- Estoy más sobrio que vos, te lo aseguro.
- Puede ser.
- Es más, me casaría con vos.
- Bueno, dale. Vamos a casarnos.
- ¿Cuándo?
- Ahora.
- ¡¿Ahora?! Pero necesitaría hacerme un corte, onda un pacto con sangre.
- Nah, mirá: con baba. Un pacto de baba.
- ¿Cómo?
- Lamete la palma de la mano.
- Estás loca.
- Te encanta.

emO

- ¿Cómo que no te acordás nada?
- No me acuerdo. O sea, tengo como... pequeños fragmentos de la noche.
Me acuerdo que estábamos charlando en la fiesta. De ahí... no sé, onda, casi me caigo. Creo que fue cuando volvía del baño que fui a tratar de sacarme el hipo.
- ¿Qué hipo?
- ¡Ah! me dio hipo ¿podés creerlo? Hipo emocional.
- ¡¿Hipo emocional?!
- Seh... el año pasado me dio tres veces. Me da tipo... en situaciones extremas. estaba hablando de una persona que re quiero y en eso... ¡pum! el hipo. Bueno, la cosa es que cuando volvía del baño resbalé en el jardín y casi me caigo, entonces me sostuve de una silla. Creo que del susto se me pasó el hipo, y... no sé... creo que él me ayudó y de ahí no sé... estábamos a los besos.
- No te acordás de nada.
- De ahí estaba en su cuarto.
- ¿Cómo llegaste?
- No me acuerdo. Creo que fue después de que desapareció mi cartera.
- ¿Cómo que desapareció tu cartera?
- Ah, sí. Cuando fui al baño a sacarme el hipo, regresé y un amigo me dijo que una mina había agarrado mi cartera.
- ¿Y qué hiciste?
- Nada, fui y se la pedí. Le dije que era mía, y me la dio.
- ¿Estaban drogados?
- Nah, mucho whiski. Bueno, la cosa es que estábamos en su cama. Me acuerdo que me leía poesías y no sé cómo me dijo de casarnos.
- Como Britney Spears.
- Claro, ahí entendí a la pobre Britney; sólo es posible casarse estando ebria.
- Ay amiga, estás re loca. ¿Y que supiste de este chico?
- Nada, el muy hijo de puta no me ha escrito ni me ha llamado. Es el casamiento más efímero de mi vida.
- Bueno, vos no hagás nada.
- No, ni pretendo. El mismo día pensé en escribirle un mail para ver cómo estaba; pero al final pensé que mejor fuese él quien lo hiciera. Pero nada.
- Una experiencia.
- Una pobreza.

El alcohol en el paladar al amanecer

Me pregunto cómo hubiese sido pasar la página y que campanita hiciera trin con su varita mágica; pero no creo en los cuentos de hadas. Escucho Neighborhood. Pienso en que hubiésemos tenido una convivencia perfecta. Tus gustos, los míos, los gustos de ambos. Tu cuerpo, el mío, el cuerpo de ambos. Nunca supimos cómo encajábamos el uno en el cuerpo del otro. Una combinatoria molecular. La matemática exacta. Escucho, te pienso y Wake up interrumpe mis oídos y mi pensamiento. Me retrotraigo. Nunca pude decirte adiós, quizá porque no nos lo merecemos. Quizá sea el tiempo necesario para olvidarnos, o para volvernos a encontrar. Lo pienso, claro, porque Benjamin no está más. Porque todas las noches en que estuve con vos lo pensé. Te dije que mi corazón estaba en otra parte, y asentías con la cabeza. Jamás te hablé de él. Jugué a hacerme la enojada cuando estabas a punto de penetrarme. Mi corazón está en otra parte, te repetía; mientras deseaba que fuese él quien introdujera su pene en mí. Pero eras vos. Y sentía su mano poco tímida adentrarse en mi vagina. Nunca fuiste diestro con la mano. Siempre tu torpeza al frotarme y adentrar la mano. Benwalter. Benwalter sonaba bien, y pensabas que te llamaba. Pero lo llamaba a él, no a vos Walter. Benjamin era a quien quería a mi lado, porque fue él quien me hizo olvidarte. Benwalter una y otra vez. Benwalter durante meses. Nunca lo supiste. Y yo, siempre abierta; con una culpa prominente. Una culpa dilatada de la excitación. Culpa católica lo llamaría M. Pero Benjamin no era uno. Benjamin fueron todos. Tantos Benjamines, y vos, Walter.
Vos, solo. Tan sólo vos. Y ahora yo, tan sola. Tan sólo yo, y el extrañamiento a la distancia. La impulsividad limitada por la imposibilidad del nosotros porque no existe tal. Me decidí a olvidarte; a desarmar mi cuerpo para que no tuviese gusto a vos.
Quiero que sepas que estoy bien, que no he pensado en vos hasta este momento en que te escribo esta carta; porque ya ingerí una botella de whisky; porque escucho Cartoon music for heroes y me dan ganas de llorar sintiéndome una perdedora con un dejo de sonrisa en mis labios; porque ya pasé tres discos y sigo escribiéndote esta carta que quizá nunca recibas o quizá no merezcas; porque no quiero escuchar In transit porque me hace acordar a Benjamin, y paso el tema de largo y prefiero Blue skies porque acá el cielo no es azul. Algún día me dijiste que nos encontraríamos en París, yo te sigo esperando: debajo de la torre, los dos en bicicleta. Estoy acá, esperándote, como tantas veces, Back to 101. Algún día podremos mirarnos a los ojos y me dirás lo que otros me dijeron con el reloj atrasado. Ese día te diré llegás tarde, y campanita hará trin.

el 38

Las teorías acerca del amor me tienen sin cuidado. Mi postura firme, fría y poco creíble es que enamorarse es fácil pero amar es lo difícil; y para ello largo una discurso aburrido y poco creíble, para mí, que inicia en que, primero, para enamorarse hay que estar dispuesto a (o sea, estar abierto para), y en segundo lugar el AMOR, que es como el lugar ideal y trabajoso al cual se llega a costa de esfuerzo, sexo, sudor y lágrimas.
Luego de cuatro años de intentos fallidos y de una lista extensa de hombres en mi cama o camas ajenas, lo conocí.
Un bar, amigos, un extraño. Un cruce poco cordial de palabras. Una barra, alcohol y ruido. Una pista, música y cuerpos sudorosos. Un living, drogas, y una tercera. Un auto, sexo y una cama.
La sumatoria perfecta para contar dos meses. El tiempo exacto para enamorarse. La medida justa para decir en la frialdad, tan sólo cogemos, cuando lo cierto es que el corazón se me acelera al verlo.
Hoy cumplimos dos meses desde que nos conocimos. En tres días me voy del país. Quisiera que entendieras algún día lo que significás para mí. Quisiera algún día entender estas jugadas de la vida de colocar a un hombre del cuál enamorarme en otra ciudad, en otra tiempo. Hace cuatro años que no me enamoro, y hoy estoy dispuesta a dejarlo todo para estar a tu lado. Estoy dispuesta a olvidarlo, a él con quien compartí cuatro años, para seguir riendo con vos. Hace unas horas estuve en tu cama, hirviendo de fiebre y con unas pinturas que seleccioné para vos. Te he dejado una serie familiar, una huella dactilar, para que siempre sepas dónde encontrarme, y manuscritos. Hemos visto pelis repetidas, un programa de entrevistas y escuchado el mismo disco con el cual cada noche nos acostamos durante dos meses. Me has preparado un sandwich. Me has pedido disculpas interminablemente, que no fue tu intención histeriquear con mi amiga, que estabas ebrio, que es tu inseguridad la que te lleva a ese lado oscuro que aborrecés. Me has vuelto a hablar de tu ex, que es tu personaje de ficción favorito cada vez que sientes que lo nuestro puedo tomar algún matiz de compromiso. Saber que me voy te da tranquilidad, y me prometés ir a visitarme. Me decís las palabras que quiero escuchar y me contenés en tus brazos. Hacemos cucharita y nos entregamos al sueño. En pocas horas arribaré un avión del cual querré bajar a los llantos. Ya he gastado todas mis monedas en el teléfono público del aeropuerto hablando con vos. Lloro por vos. No me quiero ir. No me quiero alejar de vos. Regresaré a la ciudad y no entenderé nada. Él regresará, y yo regresaré con él; pero esto no lo sabrás, ni yo. Nos escribiremos mails, hablaremos por msn, me enviarás canciones, fotos, videos, hablaremos por skype. Yo decidiré ir cerrando mis historias para volver a tu lado. Él seguirá a mi lado, o yo al lado de él; pero esto no lo sabrás, ni yo. Tu promesa de volvernos a ver se mantendrá. Llegará el día en que me digas que vas a mi encuentro, y llegarás. Pasaremos dos semanas juntos. Cumplirás años a mi lado. Festejaremos con una vela en la cama. Te irás. Lloraré tu ausencia. Me escribirás todos los te quiero que necesito leer. Algún día te diré te quiero y lo tomarás como un reproche. Algún día te dejaré de hablar, y lo tomarás como una distancia. Viajarás aún más lejos y alimentarás el deseo con falsas historias y extrañamientos, hasta que un día se produzca el silencio y se haga irreparable.
Yo, sin embargo, seguiré mi movimiento que me acercará a la ciudad en la que te conocí y llegaré a ella, sin él.
Llegará el día en que te vuelva a encontrar. Nos veremos, nos abrazararemos. Me invitarás a recorrer tu espacio. Intentaré con esfuerzo reconocerte, pero me resultará difícil verte a los ojos. Un encuentro más me valdrá para saberlo todo. Ella presente, vos en el histeriqueo absoluto, y yo, custodiando el límite. Un adiós resonará en reproche y harás vagos intentos de comunicarte. Una reunión, amigos, alcohol y vos. Quiero hablar con vos. Y yo, ahora no. Ahora nunca. sucumbirás en el alcohol, y te llevaremos a casa a cuestas. No recordarás nada. Yo, trataré de olvidar.
Una noche una mujer se me acercará y me hablará de vos. Me contará de las fotos que te tomé en mi ciudad, de nuestro viaje. Me hablará de la música que compartimos, de nuestros videos favoritos, me contará de cómo cogíamos, de nuestro sexo virtual. Me mostrará las mismas fotos que me enviabas, las mismas cartas, las mismas palabras y la misma excusa de tu personaje de ficción favorito. Me dirá lo cuánto que la querías y las veces que la llamaste para decírselo mientras conmigo tenías sexo virtual. Yo, sonreiré.
Una noche me haré carne, lejos de ti y de tu sangre. Una tarde, abrirás el placard para ver el atardecer. Una mañana, en el oeste, despertaré a su lado.

La nena

El domingo es el día de Celeste. Entonces yo aprovecho la tarde y paseo por Palermo. Miro bombachas y compro dos: una celeste con libélulas, grandota tipo culotte, de tela brillante. Otra con círculos y moñitos. Pienso que podría envolver alguna y dársela para Celeste, le quedaría bien a una nena de 7 años. Pero soy demasiado egoísta y me gusta más imaginarme tu cara cuando me la veas puesta.

Lo tengo entre las piernas, y es el momento que más amo. El momento en que más lo amo. Suena su celular. “esperame nena, tengo que atender, es Celeste”. Siempre tiene que atender y yo sé que no es Celeste. Es Gabriela. Pero “Celeste” es el nombre oblicuo que viene a nombrar el vínculo que lo une con ella. Celeste, o “la nena”. Me confundo, desde hace un tiempo yo también soy “la nena”. “Nena, qué te pusiste”, “ay, nena”, “nena te quiero ver en tetas, y en bombacha”. Creo que nunca me llamó por mi nombre, pero desde el principio me gustó el apodo. Y desde el principio no me sale otra cosa que actuar en consecuencia a él. Yo nunca me atreví a decírselo, pero conmigo misma lo llamo “el Oso”. Me gusta jugar sola a que tengo un nombre para mi amante secreto.

Es lunes y estoy en bombacha otra vez, pero arriba de la camilla de Ivana. Aparece con la cera y empieza con lo suyo. Cuando llegué le pedí que no me dejara nada ahí abajo, es una sorpresa para el Oso. Con destreza llega al tema y no sé cómo me escucho contándole. “Tengo un amante secreto. Un señor”. Ivana se ríe pero no se sorprende. Y cuenta anécdotas que no esperaba enterarme: me habla de las mujeres de más de cincuenta que le piden lo mismo para un aniversario, una vez al año. Me habla de mallas blancas y de que lo que les gusta a los hombres. Describe las temporadas de invierno y de verano. Pero no dice nada de ninguna clienta que quiere ser nena otra vez y me siento única. Una nena para el Oso, una diferente.

Cuando bajo a contaduría está mostrando fotos de la nena. Las llevó en un pen drive y alrededor todos coinciden en que es hermosa. Me acerco y antes de verlas, ya lo sabía: Celeste con vestido, Celeste saltando arriba de la cama, Celeste haciendo morisquetas, Celeste con Gabriela. Me recorre un frío involuntario. Es linda Gabriela, más de lo que creía. Pero Gabriela es una señora de tapado y zapatos, y por un momento hasta siento el perfume que seguro tiene puesto. Es linda Gabriela, pienso y me miro y me fijo si tendremos algo que ver, si ella también alguna vez fumó porro o escuchó Morcheeba. Me delineo mentalmente: las zapatillas y los jeans gastados, la camperita de plush y el moño que tengo puesto en el pelo. Es linda Gabriela, pero es una madre. Él me lo dijo una vez, Gabriela es sólo la madre de la nena.


Cuando está profundamente dormido, ronca. Me despierta pero no me enoja, lo tapo con las sábanas; me permito cuidarlo porque sueña y no se da cuenta de nada. Pero cuando el Oso está despierto, dejo que él me proteja, porque me gusta que me abrace con toda su enormidad y me haga sentir diminuta. Sentir en mi abdomen plano la panza del Oso, estimulante, fabulosa, una panza de luz. Ahora, sobre las sábanas, descansa la cabeza del Oso. Su gigante desnudez contrasta contra mi cuerpo blanco y mínimo. A veces pienso que me gustaría vernos en un espejo; cuando estoy arriba de él, cuando se balancea arriba mío, cuando acaba y me mira a los ojos. A veces pienso que el Oso es como un padre para mí: me acurruca, me acaricia el pelo, me besa. Me sienta en sus rodillas y me cuenta un cuento, uno cualquiera, de cuando era joven, cuando Gabriela no existía, ni Celeste, ni yo. Cuando no había nenas, cuando tenía más pelo y menos arrugas. Cuando era la imagen viva de la inexperiencia.

Me ducho mucho tiempo, disfrutando. Me seco mal y medio mojada me pongo la bombacha nueva. Mis amigas me chatean y les contesto así como estoy, en toalla. Quieren que vaya con ellas a ver una instalación. No puedo, hoy veo al Oso. Se enojan un poco porque no entienden que es martes y si no es hoy tengo que esperar hasta que Gabriela vuelva a tener franco. No se los cuento y me sorprendo a mí misma al darme cuenta cómo el tempo de mi vida está regido por las vidas de otras personas que ni se imaginan que existo. Escucho Happy Mondays mientras me seco el pelo largo y lacio. Elijo la ropa adecuada: zapatillas, medias, un vestido de feria. Armo la mochila con dos porros y mi camisón preferido. Estoy por salir y me llega un mensaje. Lo contesto sin rencor, desarmo la mochila y prendo uno. En la muestra tomo vino gratis y me aburro. Sólo pienso en estar en la cama con el Oso.

“Nenita, hoy no puedo y mañana tampoco. Es que se enfermó la chica que la cuida y bueno, viste como es esto, ella tiene una cena y me tengo que quedar con Celeste. Tenía ganas de comer con vos, lo dejamos para después”. Escucho el mensaje y me invade una especie de rabia intensa, me tiro en la cama y lloro mucho. Muerdo el libro que estoy leyendo, le arranco el prólogo y las tapas. Rompo un lapicero chino de cerámica contra la pared que da al patio. Me lo imagino jugando con Celeste, haciéndola dormir y la odio. Un compañero de la facultad titila en naranja invitándome por quinta vez a ver una película de Jarmusch, pero no quiero, estoy encaprichada con el Oso.

Entonces el silencio me obliga a crecer vertiginoso, en un par de meses. Entro en razón y me olvido. “No importa que estemos distanciados, mi familia siempre van a ser Celeste... y Gabriela, y nadie más”, me canceló la última vez. Y fue una iluminación. Es domingo y paseo sola por Palermo, entro a un local y reviso las carteras, elijo una y decido dejar de usar la mochila por un tiempo. Suena el celular, es Pedro que me invita a cenar a un restaurant peruano o algo así. Declino porque estoy cansada y hace mucho tiempo que no tengo un domingo para mí, vacío, ocupada como estoy en mis proyectos, el trabajo y las lecturas. Me sonrío cuando me acuerdo la época en la que los domingos eran los días de Celeste. Entonces lo veo, sentado en una mesa frente a la plaza Armenia; fuma un cigarrillo y mira hacia la calle. Recorro la mesa, un cortado y un licuado, y al lado, obviamente, está la nena. Miro con un poco más de atención y ahí está el otro cortado, y la veo y la reconozco. Una hermosa postal familiar. Se ríen, parecen felices. Cruzo mirando para el otro lado tratando de llegar a la esquina. Pienso en lo rápido que una nena puede olvidarse que alguna vez lo fue. Pienso en la inocencia, en mi credulidad, pienso en la fantasía. Pienso y no siento nada.

Callejera

Subieron al colectivo en Ciudad Universitaria. Los sábados se disputan campeonatos de fútbol y los pibes terminan de jugar y se suben en grupos a los bondis. Suben así nomás, sin cambiarse, con la ropa de fútbol y un poco transpirados. Y exudan el juego, el cansancio, sus veinte años promedio, todos divinos, con sus shores blancos y las medias hasta las rodillas, los botines medio descosidos y mirá loco, se me están rompiendo los botines, todo ahí al lado de la pobre que vaya sentada en los asientos individuales con los anteojos de sol, simulando que mira para otro lado pero mirándoles el culo, qué duda cabe, y pensando en ellos ahí al sol, jugando, y ellos ajenos, aparentemente, a todo, enredados en sus charlas del partido, la bronca, lo cago a trompadas, te digo que si no nos quedáramos afuera del campeonato, porque tampoco da que nos suspendan y quién te llama al celular, cortale a tu novia, gil, pollerudo.

“Tiene novia, qué lástima” pensé justo cuando me di cuenta, esa vez en el 37, de que otro me miraba. Sus compañeros se habían sentado ya, y había lugar, pero él se quedó parado al lado mío, con los shorcitos blancos y la remera de River, aparentemente ajeno a mí pero al lado mío, sin despegarse. Y yo pensaba qué lindos que son los chicos cuando terminan de jugar un partido, cómo se ponen. Qué lindo que hablan estos tucumanos, el pelo algo largo y caído como desordenado a los costados de la cara y yo pensando en ellos en el vestuario bañándose juntos, y el colectivo parecía lleno tan solo de ellos seis. No me gustaría que te bañaras, me gustaría ver cómo te desnudás de a poco, dejando la ropa sucia a un lado mientras yo miro sin que sepas porque estaría ahí en tu casa con cualquier excusa. Parecía imposible.

Y entonces no me di cuenta de que los demás se habían bajado y que él que se quedaba, y no sé bien cómo pero me dijiste hola, disculpame, tengo que ir hasta Corrientes y Rodríguez Peña, ¿sabés dónde me tengo que bajar? y yo te dije ahí me bajo, te aviso y vos algo dijiste no me acuerdo y entonces soy Benjamín. Y me preguntaste si estudiaba en Ciudad Universitaria y te dije no, que había ido a ver a una amiga que se recibía y seguimos hablando cuando bajamos en Rodríguez Peña y yo ya no podía creerlo, estaba tan caliente, y vos tan lindo te corrías un poco el pelo hacia el costado derecho porque tengo que bañarme urgente, me dijiste, y yo quise decirte no te bañes, quiero chuparte el pecho y sentir ese sabor tan raro a transpiración, quiero rebajarme todo lo que decidas y sé que con vos lo haría, solo con vos, te la chupo igual aunque no te hayas bañado, te juro, por favor dejame. Pero cómo te iba a decir eso, no, pero entonces nos dimos cuenta de que nos gustaba el cine a los dos y me hablaste de una película de Jarmusch y te dije algún día me la prestás y ¿ahora podés subir? No sé, quizás te da cosa, como no me conocés, disculpame, mejor te mando un mail. Sí, puedo, tengo una hora, y ¿cómo dije esto? me fui al carajo pero tenía tantas ganas de ver cómo te sacabas esos botines descocidos que me enternecían, chuparte el cuerpo transpirado, dejarte rebajarme y que me guste, y si me dejás hasta te hago masajes en las pantorrillas y los pies y veo cómo de a poquito se te para, o de repente, qué bueno sería de repente.

Algunas cosas se cumplieron y otras no: subí a tu departamento de estudiante del interior, caro y bien arreglado, que compartís con dos más y justo, qué suerte, no estaban, y me dijiste esta es la peli, ¿me bancás que me cambio y te acompaño hasta la puerta? era obvio que me ibas a coger si me dejaba y me dejé, pero antes me acerqué despacio a tu cuarto y te vi sacarte los botines y las medias, el pantaloncito blanco y ahí fue que me viste, me llamaste, entré, te corrí un poco más el pelo a la derecha, te dije mi nombre y apellido, dónde nací y me fui acuclillando, y me dejaste que con la lengua recorriera tu pecho y tuvo ese sabor que yo esperaba; tu cintura y te bajaste de a poco el calzoncillo y me dejaste que te chupara la pija despacito, pero ya estaba tan dura que no pude verla levantarse, no pude tener ese privilegio, estabas tan dulce con tu cansancio físico y vi cómo te despeinabas de placer y me cogiste, con la leve violencia de quien sabe que el que está adelante se entregó sin saber nada, solo a la locura de ese cuerpo que se le sugería pero tendría que haber sido inalcanzable, la violencia de quien sabe que el otro se dejó levantar en un bondi lleno de gente, a las dos de la tarde de un sábado, la violencia que pedía yo. Y bajaste tan dulce, tan ajeno a la tarde de sábado en el centro, bajaste a despedirme. Habré guardado tu teléfono y ¿me daría vergüenza ahora si te viera?

El embale

De Federico nos enamoramos todas a la vez. No sé si era lo que se dice “carilindo” pero no faltaron muchos minutos de conversación para que nos diéramos cuenta de que era realmente el hombre ideal. La primera baba, por lo menos a mi, se me cayó cuando lo vimos darle el paso a una anciana en plena peatonal de Montevideo. Tan perfecto era Federico, el bocadillo justo salía de su boca, Federico, su manera de descorchar la botella, la forma en que la bola de bowling se desprende de sus manos, hermosas, y casi en cámara lenta destruye el bosque de pinos que cae abatido ejecutando algo que parece una sinfonía. Festeja Federico y deja ver, una cintura pequeña y un tatuaje enorme que le da magia a su espalda y fantasía a nuestros corazones.
Nos lleva, a cada una a la casa. Primero a Magdalena, que vive de pasada, y luego se desvía 45 cuadras para acercarnos hasta el hostel donde estamos parando María y yo. Fascinadas observamos las manos de Fede, su manera de pasar los cambios, cómo le cuelga el reloj hermoso de esa muñeca cincelada por dioses inspirados. Lo vemos manejar e instantáneamente nos imaginamos todo: el auto de Fede estacionado en la puerta de mi casa de Lanus, papá haciendo el asado y diciéndole “pibe”, mamá dándole de probar a Federico torta de manzanas. Él pedirá la receta y bendecirá las manos que obraron ese milagro. La siguiente escena (se superponen una sobre la otra mientras avanzamos por calles empedradas y en el auto se comentan cosas que no termino de entender) en la siguiente escena de la edición casera de mi mente soy yo la absoluta protagonista. Hablo por teléfono con María y estoy contándole lo felices que somos, que anoche me sorprendió con una cena y unos juguetitos para que nos divirtamos mas. Y entonces sí, lo atrapo en una cápsula y me entrego completamente a la fantasía: Federico retozando en mi cama del departamento de Capital, Federico recorriendo con esas manos mi cuerpo que tiembla, y yo besándolo por todos lados, ahí, como tantas veces nos instruímos con María, primero lento, unas vueltitas de lengua juguetona para luego bajar lamerlo todo, debajo de las bolas, la raya del culo, todo bañado de saliva, voy a bañarte Federico, seguro nunca te hicieron algo así. O sí, pero este es mejor, te la voy a comer hasta la arcada. Federico dormido, lo veo desde la puerta del cuarto y me parece un milagro de diosylavirgensanta, soy la mujer más maravillosa y él pordiosteloruego no existe, está absolutamente construido por mi imaginación. Yo te creé Federico, tenés que ser mío, hace tiempo que te vengo imaginando. Nos deja en el hostel. Comentamos con risitas, no nos podemos dormir. Lo amamos.
Quedamos en ir a pasear por lugares típicos la noche siguiente. En la mesa (babeo) cita a Manuel Puig y entonces se dispara una conversación sobre el arte. (Soy hermosa, feliz el momento en el que decidí estudiar Artes en la UBA) Sé lo que digo y tengo mi posición tomada sobre el tema. “Pensaba ir a buscar otra cerveza pero acabás de decir algo fundamental que yo siempre pienso” dispara directo a mi corazón y me mira a los ojos y entonces hablamos del pacto de recepción entre el artista y el público y si la obra de arte que no es vista por nadie es o no una obra de arte. Pasa un chiquito y pide una moneda. Él le acaricia la cabeza y yo creo estar viendo el cuadro realista más impactante en mis 30 años y con toda mi experiencia de curadora encima. Se interesa por mí, me mira, me escucha con atención. Quiere saber más, y entonces nombro a Benjamin y tiro un par de conceptos, y me siento Messi, puedo girar y girar porque esto es lo mío y estoy en mi salsa y si encima de que sos todo te interesás por el arte yo nunca más voy a permitir que te separes un instante de mí. Voy acercándome al área, sorteo dos interrupciones con habilidad magistral, el espejo de la pared detrás de sus hombros me refleja y estoy divina: el pelo genial, la piel impecable, la sonrisa canchera. Los demás charlan de cualquier cosa: este mundo Federico, se hizo para nosotros dos, vos y yo solos, que se vayan, que dejen, que no paguen que yo me hago cargo de la cuenta en uruguayos, que elijan lo que quieran no me importa nada más que mirarte.
Llega el mozo: habíamos pedimos pizza de rúcula y albahaca y con la charla me había olvidado. El vino me dio hambre, comemos, con serenidad, soy una señorita, dos porciones nada más, pero a vos te pasaría el aceite de la pizza por encima y te comería sin pudor. Toda una instalación, el concepto es claro: el hombre morfable. El hombre que no existe, lindo, bueno, amable, culto, chicas… ¡está sentado aquí a mi lado! y cuando esta parafernalia termine me lo voy a llevar al hostel, o mejor él me va a llevar a mi en el auto a ver las estrellas mientras cabalgo sobre él de cara al volante. Segunda porción y todo sobre ruedas. Los demás se van dispersando, la música empieza a elevarse, ya no podemos hablar. Vamos a la pista, cómo se mueve, nunca fue lo mío el baile pero hago el esfuerzo, las luces me iluminan, soy hermosa, estoy divina, acercate Fede, dale. Me dice algo al oído. No lo escucho.
-Qué? - los Chemicals Brothers estallan, y yo con ellos.
Otra vez no lo escucho, se ríe, se me acerca más.
-Qué??? abro la boca para que me oiga mejor.
- Que tenés una rúcula en el diente.

Silencio.

¿El deseo es un relámpago..

o dura más de lo que dura la noche?


Cuando el deseo se sacia, cuando la persona que elegiste se levanta de la cama y se va, ¿el deseo también se levanta de la cama y se va?

¿Qué es lo que nos hace querer volver a estar con una persona que ni siquiera conocemos, con la que casi ni hablamos?

Por ahora, es un misterio...

ns/nc

chocando contra las paredes entramos y

nos preguntamos por la razón de ser de la remera
manoseandonos con ganas
voló
nos preguntamos para qué tenía puesta la bombacha
mordisqueándonos apenas
desapareció
entre risas te pregunté si te calentaba
me dí vuelta rauda
te monté
entre besos me preguntaste si te quería
y nos escondiste bajo las sábanas

palmada en la cola
y va de espaldas
transpirados,
gritamos a un tiempo

me pregunté por qué seguía en tu cama

acaricié a tu gata
me fui

It´s so bittersweet

Hay una pregunta que siempre me hago: ¿se dará cuenta Benjamin de que ando con otro? No es que estemos mal, de hecho no lo estamos, pero creo que es aburrimiento, costumbre; fingir demasiadas veces ya.

A Walter lo conocí de casualidad, en el colectivo. Unas pendejas un poco borrachas me empujaron y él, como me vio con un montón de cosas en la mano tratando de hacer equilibrio para no caerme, me dejó el asiento. Cuando la señora sentada al lado mío se bajó se sentó al lado mío y me dio charla. Histeriqueamos. Me bajé y me siguió; me dijo de ir a tomar algo. Ese día Benjamin tenía un cumpleaños, yo sabía que no me iba a llamar así que le dije que sí.

-Algo fuerte- le dije al mozo.
Y él eligió por mí y pidió un fernet con Coca.

Me gustan los hombres que eligen por mí.
Me gustan los hombres que en la cama saben moverse solos sin que una los tenga que guiar. Porque son esos hombres los que también saben pedir, de una forma en la que una no puede negarse.

Después de algunos tragos llegó la cuenta, Walter pagó y cuando salimos me empujó contra la pared y me encajó un beso. No me dio tiempo de nada, ni siquiera de hablarle de Benjamin.
Seguimos hasta que una viejita que abrió la puerta nos empezó a putear por estar haciendo movimientos obscenos en su puerta y porque nos dimos cuenta de que el portero se estaba tocando mientras nos veía.

Yo me caliento con que nos mire el portero. Me imagino los tres juntos, Walter, el portero y yo, la reina de la noche, gozando de los dos lados, algo que todavía no hice porque no me animo.

Pero no pasa nada de eso. Nos vamos a mi casa y cogemos en el piso de la cocina. Yo me toco y Walter me acaricia otras zonas, yo llego, el llega, los dos acabamos a la vez hasta que nos quedamos dormidos ahí mismo.

Me despierto a la madrugada y lo echo: le digo perdoname, pero tengo novio, y puede llegar en cualquier momento.
No se enoja, sino que me da un beso y me dice: nos vemos otro día, ¿te puedo llamar?.

Le paso mi celular. A los tres días me llama. Nos volvemos a encontrar. Estamos juntos. Lo despido y me prendo un cigarrillo. Salgo a fumarlo al balcón.

Tocan el timbre. Es Benjamin, habíamos quedado en ver un capítulo de Lost juntos. Me pregunto si se dará cuenta de que acabo de estar con otro.

Hay algo misterioso en el sexo, en la forma en que dos cuerpos se amoldan, no importa con cuantos cuerpos estuvieron antes. Porque hay algo que queda siempre, y es el olor a sexo. Como el olor a pis después de comer espárragos. El olor a otro nos queda en la piel, por más que nos bañemos.

Pero no, Benjamin no se da cuenta. Mientras tanto, lo sigo viendo a Walter. Mi vida como una comida agridulce, con el sabor de Walter y de Benjamin entremezclados con mi cuerpo que es uno solo.

Cuestión de piel

Estamos en un momento así. Vamos a comer y yo me pongo una camisa que deja entrever un corpiño rojo con encaje. Lo hago para que después te sea más fácil meter la mano sin sacarme el corpiño. Siempre estamos apurados, por eso ni siquiera nos acostamos.

Lo hacemos de parados, contra la pared o directamente en la mesada de la cocina. No hay tiempo que perder, no se puede, esperar para llegar al cuarto y después dormir abrazados.

A la ecuación de nuestra pareja le sacaron el cariño: no solo es sexo casual sino que nos vemos a horarios raros, hablamos solo vía mensajitos de texto y hay veces que ni siquiera bajamos del auto.

Sin embargo, Walter, sos la persona con la que más piel tengo y tuve en toda mi vida.

unas noches más...


... unas noches menos. Tenía que llegar el momento. Lo esperábamos. Queríamos retractarnos por el salí de encima, tengo calor o correte un poco, ¿querés? o ¡me estás ahogando! o, el peor de todos, estás todo sudado, me das asco. No más.

No más porque tenemos frío. No más porque ahora queremos estar tan pegadas a ustedes que casi sea imperceptible diferenciarnos. No más, porque los cobertores aumentaron y sólo tenemos éste, de plumas desplumadas. No más, porque son ustedes los que llenan ese huequito, para que no entre el frío. No más, porque no nos importan las formas, los colores, los tamaños, los queremos a todos, pero juntos.

Flavio, Andy, Santiago, David, Juan, Christian, Silvio, Maxi, Coco, Pablo, José, Raúl, Enrique, Daniel, Miguel, Mauro, Luca, Sebastián, Álvaro, Francisco, Nicolás, Guillermo, Carlos, Gabriel, Ricardo, Darío, Julián, Gustavo, Ignacio, Pedro, Germán, Diego, Eduardo, Ezequiel, Rodrigo, Mamerto Tetto, los extrañamos!

recordatorios

Tengo la mala costumbre de acumular mails. En una carpeta encontré esto que le mandé a Walter hace un par de años:

anarquía anual, no hay fin sin inicio
antes del fin
tuya aunque le duela

2 x 1

Como no podía ser de otra manera, volví a caer en el tipo de problemas que toda mujer enfrenta alguna vez en su vida. "No codiciarás al mejor amigo del pibe que te curtís", es uno de los mandamientos que te mantienen la mente tranquila. Pero, como todo tabú, eso genera sus tentaciones. Quizás debería remontarme al año `99, cuando empezó a gustarme uno de los mejores amigos del pibe que me curtía. El "ruso" era un estilo rockero rubio, muy muy lindo, con motito y todo. ¿Qué más podía pedir una chica de dieciseis años? Respuesta: a "Ger", su mejor amigo tatuado que tocaba el saxofón. En fin, ese fue el principio de una larga historia de enredos. De gustos y digustos. Pensé que todo eso había quedado atrás, como si fuera un fantasma al que uno le saca la sábana y lo hace desaparecer. Pero no. "Tres son multitud" dice otro de los mandamientos. No entiendo porqué, si tres es un número perfecto. Aunque la verdad, no tanto: soy una boba y me mambeo. En vez de disfrutar del quilombete y que todo me chupe un huevo, me vengo a enganchar con uno de ellos... pésimo

Contra los poetas

Manolita - dice:
el jueves estas por la facu?

Susanita dice:
no, íbamos a ir a pacha con XX

Susanita dice:
así que si andas con ganas venite

Manolita - dice:
$$$
Manolita - dice:
too much

Susanita dice:
nah! A Pachá no!
Susanita dice:
al pachamama!

Susanita dice:
a ver una lectura

Manolita - dice:
ahhhhhhhhh

Manolita - dice:
jua pacha

Susanita dice:
yo no voy a Pachá ni que me pongan una pistola en la jeta

Manolita - dice:
crotas!

Susanita dice:
ajaja re

Susanita dice:
jipis rasposas

Manolita - dice:
malllllllllllllllllll

Manolita - dice:
juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Susanita dice:
a tratar de besuquear poetas

Susanita dice:
somos patéticas

Manolita - dice:
q feo

Susanita dice:
nah

Susanita dice:
besan bien

Manolita - dice:
poetas sucios y piojosos

Susanita dice:
jaja como nosotras

Manolita - dice:
no

Manolita - dice:
son un asco

Manolita - dice:
nosotras no somos un asco

Manolita - dice:
somos lindas, inteligentes, sensuales y con onda

Susanita dice:
bueno, pero a veces las lindas, sensuales y bla, no pegan una y tienen que hacer concesiones.

Manolita - dice:
nahhhhhhhhhhh
Manolita - dice:
hay hombres interesantes, posta

Manolita - dice:
posta, y no "po e tas"

the two of us

Sabía que era la última vez que estaría con él, como sabía que me traicionaba todas las veces que me decía, a mí misma, basta. Basta fue la muletilla utilizada en cada relato sobre él. Siempre terminaba con los ojos llenos de lágrimas y repitiendo: basta.
Siempre, la escena de la mujer débil, enamorada de su fracaso: él.
Esa tarde en su departamento me esperaba una bolsa con mis objetos. Espero que regresen, me dijo. Las despedidas me son molestas. Irme, de la persona que quiero, me resulta un esfuerzo sobrehumano. Me esperaba gente en casa, y yo, acariciando cada objeto, extendiendo el tiempo y mis manos. Él me toma de la mano, y me arrastra hacia él. Nos besamos, nos rozamos, nos frotamos. Estoy arriba de él, fría. Y sólo pienso que lo haremos y que será la última vez, y que haré que no se olvide de mí. Cogemos, acabamos, una vez, dos veces. Me esperan en casa, pero no me importa. Ya extendí el tiempo y mi mano. Cogemos y acabamos juntos, una vez, dos veces. La sensación de que se me sale el corazón del pecho en una implosión, nuevamente. Cogemos una tercera vez, me hace sentir una puta, me gusta, tanto como a él. Y salgo corriendo con un llamado. Te estamos esperando en la puerta.
Esa tarde, en casa, relataré mi encuentro, y diré una vez más: basta. Con los ojos llenos de lágrimas, no podía ser de otra manera.
Esa madrugada le mandaré un sms, porque soy cobarde, porque no puedo mirarlo a los ojos. Adiós, fin del ciclo. Repercutirá en mails, en reproches, en insultos. Haré silencio por un par de meses. Tengo otro con quien sublimar, y la ausencia de él será sólo un recuerdo. The two of us revoleará en mi cabeza intermitentemente.
Eso creía, hasta que lo volví a ver.

Dos rebanadas de pan lactal

las cosas no son tan simples

no siempre
estuvimos los dos en el mismo lugar

sé que no me entendés
y también sé
que está bien eso
pero igual
espero otra cosa
algo que en realidad
no podés darme

también lo acepto y busco
en otras personas
en otros cuerpos

¿hasta cuando voy a sostener
el no poder quedarme a desayunar?

recuerdo como untabas
las tostadas con mermelada
pero no
con manteca, no te gustaba no
el gusto agridulce que quedaba
de la mezcla

a mi ahora
tampoco me gusta
el gusto agridulce que queda
en mis sábanas

Mirada rayos x

Walter siempre hace lo mismo. Me toca la cintura de esa forma, me acaricia despacio y mientras me roza la cintura su mano sube, cada vez sube un poco más pero no tanto.
No tanto como yo quisiera que suba. O como sus ojos me dicen que él quiere que suba.
Porque los dos sabemos que hay pasos que no se pueden dar.
En realidad, yo sí puedo, él es que no puede.

Y el viernes pasado otra vez lo mismo de siempre:

las mismas miradas, la misma forma de tomar el vaso de vino, la misma voz que en el medio de la conversación suelta un "mi novia" mientras mi corazón se va rompiendo despacio, de a pedacitos, y yo me imagino a la novia de Walter jugando con esos pedazos de corazón roto.

Pero esa noche Walter no me miraba con los ojos sino con el cuerpo, como la cucaracha de Clarice.
Entreví el deseo en su rostro, lo sentí en la rigidez de sus manos, en la forma en que se flexionaban sus rodillas mientras caminaba y me acompañaba a la parada.
Incluso lo sentí en el beso que me dio en el aire, no en el cachete, como si tuviese miedo de que al besarme ahí yo le corriera la cara, o él no pudiera aguantar el correrme la cara.

Te pido un favor, Walter, si llegas a leer esto:

No me desvistas más con la mirada,
me hace daño saber que entre nosotros
nunca va a poder pasar nada.
Para las radiografías de rayos X,
lo tenemos a Ezequiel Martínez Estrada.

Principio de incertidumbre

Ahora que ya saliste en bicicleta con rumbo desconocido, empieza a funcionar el principio de incertidumbre que hace rato no venía, ahora, entonces, me acuesto abrazada al celular, me tapo, me destapo, revuelta, apago la luz, me apago. Un cigarrillo en la oscuridad.
Ahora vuelvo al domingo dos de la tarde, cuando te espiaba dormir sobre esta misma cama, todo morocho como una isla de tierra en el mar de estas sábanas patito; volver a mirarte, casi con devoción, un cuerpo que me interpela, tan largo y tan firme, la respiración pausada en la penumbra forzada después de una noche larga. Calma.
Esta sensación repetida: te vas con rumbo desconocido y lo extraño es que acabo de echarte. Vuelvo al humo de la incertidumbre entonces, que siempre tiene un lugar para mi. Cuando te despertaste, el domingo, hablamos de la diferencia entre decisión y destino. Vos abogabas por un devenir incierto y pautado. Yo porque sólo la propia elección tiene injerencia en la fortuna personal. Discutimos a los besos, fumando y escuchando algo que habías puesto y que sonaba bien. Yo decía que creer en un destino, como si fuéramos griegos gobernados por un oráculo que una vez que se pronuncia ya no retorna, nos ahorraba el momento de hacernos cargo de los senderos que transitamos. Vos me retrucabas con ejemplos de inminencia: un accidente, un viaje, el paro del agro. Por supuesto no llegamos a ningún lado más que de vuelta a mi cuarto.

Ahora me levanto y tomo agua, recordar lo que hablamos me provoca una dulce angustia, hay un regodeo perverso en buscar en mi archivo los momentos de conexión máxima. Como cuando nos conocimos, y trato de pensar en el recuerdo más lejano que tengo y no lo hallo, y el primero que aparece es una conversación vos desde la cocina, yo en la linea de los mozos, creo que hablamos sobre música, una mirada rara, no me gustó tu corte de pelo, adoré tu sonrisa.
Decidimos todo este tiempo, decidí subirme al manubrio de tu bicicleta mil veces sin pensar en nada, te daba besos en contramano por Pueyrredón, tranquila y en otra. Pero el destino mete la cola, una ex novia que vuelve – y tu decisión se va con ella – un tiempo en blanco – y mi decisión de no romperlo – ; de nuevo la decisión de cruzarnos y el destino que te lleva de viaje, incómodo y a destiempo.
Somos dos hermosos perdedores: decidimos mal y el destino nos arrolla. Y casi no hay nada que podamos hacer más que vernos, de lejos, vos en tu bici y yo en la mía, ahogados para siempre en este principio de incertidumbre, de lo que vendrá, de lo mucho que estamos equivocándonos todo el tiempo, arrojados a la nebulosa de que la única certeza sea la de no saber qué estamos haciendo.
Tal vez la decisión correcta no llegará jamás y el destino nos encuentre incómodos. O tal vez la vida sea esto: una bola plateada, un humo sobre la ciudad, una noche entre mis sábanas patito, una recorrida de lengua a lo largo de tu cuerpo, un cuello mojado por lágrimas sin explicaciones ni verdades, o la clara sensación de que no va a abandonarnos nunca el principio punzante de la eterna incertidumbre.

Surprise

El otro día, mientras miraba la tele, me puse a pensar en los grandes gestos:

¿Qué es lo que hacen los hombres para reconquistar a las mujeres?

¿Les inundan la casa de flores, bombones o peluches? ¿Les compran lencería erótica? ¿Les proponen una escapada romántica a una estancia? ¿Les escriben una carta, un poema? ¿Les inventan canciones, les cantan una serenata o, si no tienen oído, les graban un cd con canciones de otro? ¿Se visten de policía o de bombero y le caen a su casa con un mini grabador, un cd de The Full Monty y les hacen un striptease? ¿Les prometen sexo desenfrenado en un ascensor? ¿Les compran juguetitos eléctricos o a pilas?
¿Saben lo que hizo Walter?
...
..
..
..
¡Se agrandó el pene!
Si, creanlo o no, le hizo caso a esos miles de mails spam que dan vuelta por la red y decidió agrandar su verga. Habrá que pobrar.

Después les cuento.

Walter, tomá nota

Dos chicas, una rubia y otra moracha teñida hablando en la calle.
Una de las Benjamin las escucha y toma nota:

Rubia: - A mí me gustan más los saborizados
Moracha teñida: - Si, bueno, a mí también
Rubia: Es medio obvio, ¿no?
Moracha teñida: Y sí, la mayoría va a preferir eso.....
Rubia: Igual, ¿viste qué cambia la técnica?
Moracha teñida: ¿Cómo?
Rubia: Claro, es como que tenés que apretar distinto
Moracha teñida: Ah, ¿si?

La conversación sigue, pero se torna aburrida.
Estaban hablando de panes.

Lo que es tener la mente pervertida!!!

"Ocupado!!"

Salimos a festejar que había sacado el registro, hasta la foto había salido bien! Teníamos ganas de brindar, muchas ganas de brindar mucho, total hoy no manejaba yo. Nos subimos al auto.

Llegamos al bar, hicimos sociales; en un momento éramos cuatro. Nos reíamos. Miraba al morocho con ganas de comérmelo, estaba increíble, aunque probablemente fuera el alcohol el que alteraba un poco mi percepción y mi libido desatada. Supongo también que el hambre se me notaba. Hablamos pavadas un rato todos juntos, hablamos pavadas de a dos después.

Giré la cabeza, te dí un beso en el cuello y te avisé que iba al baño. “Voy con vos” me contestaste. Nos agarramos de la mano para esquivar la gente hasta llegar al fondo.
Entré y entraste atrás mío. Te ví dudar frente a la puerta del inodoro; no te dejé pensarlo dos veces: tironeé de vos para adentro al tiempo que cerraba la puerta con la traba.

No sé quién puso a quién contra la pared primero. Sé que me mojé con ese beso. Metiste tu mano debajo de la pollera, entre mis piernas, yo no podía contener los gemidos. Hice lo propio: te desabotoné el pantalón, te acomodé en el inodoro y te la comí, ahí, en el baño del bar. Te hice acabar. Una chica subida al inodoro se asomó desde baño de al lado. No nos importó, creo que le gritaste algo para que se fuera. Seguimos hasta que terminé. Sólo en ese momento, después de un beso rápido que pedía más, nos acomodamos la ropa frente al espejo. No podíamos dejar de reírnos. Salimos.

Nos esperaban en la barra, sospechando que nos habíamos ido. De la manera más obvia, más ebria, más predecible, preguntaron con sarcasmo: “Che, por qué las chicas siempre van al baño de a dos?” Nosotras nos miramos cómplices, pedimos otro trago y nos seguimos riendo.

1+1=3

Nunca fui buena para las matemáticas, menos para las relaciones en pareja. Quizá por eso mi empecinamiento en los conjuntos, en buscar intersecciones en donde el resultado es cero.
Todo se vuelve cíclico. No logro conjugar formas. No entiendo de geometría. Todo pasa, evoluciona y -seguramente- yo también; pero, siempre retorno al mismo lugar.
Los encuentros anunciados con M traen a Benjamín, como una extensión. Escuchamos música, vemos videos, cenamos, tomamos, M se retira y Benjamín queda en casa, como un bolso olvidado. Antes había juego, caricias, besos. Ahora Benjamín, queda. Y yo, lo asumo. Cogemos, dormimos, cogemos, y a la mañana siguiente cruzamos la calle juntos.
Este domingo, Benjamín quedó olvidado. M se fue, como siempre, hecho una cuba. Benjamín me pidió permiso para darse un baño. Me causó gracias el "pedido". No hace falta, le dije. Cuando salió entré yo, estaba indispuestísima; toda la tarde me había revolcado por el dolor de ovarios. Cuando salí del baño y fui al living, no estaba. Salí al balcón, nada. Benjamín había desaparecido. Verifiqué si estaban los tres juegos de llaves completas. Estaban. Fui a la habitación en penumbras, y ahí estaba él. Las persianas levantadas y la luna entrometiéndose sobre mi cama. Me acerqué. ¿Estás bien?. Me tiró del brazo sobre él. Nos besamos, largamente, como si nuestras lenguas buscaran fundirse en una sola. Nos vimos en la habitación, con la luna puesta sobre nuestros cuerpos. Cogimos en una performance que me daban ganas de filmar de lo hermosa que era. Reíamos, probábamos nuevas formas. Jugábamos. Nuestro público vecino tímidamente iba apagando las luces de su habitación; veíamos sombras asomadas en las ventanas del edificio de enfrente. Vimos nuestras propias sombras reflejadas en una pared exterior. Lo público y lo privado. Lo de adentro y lo de afuera. Bachelard, y nuestros cuerpos replegados. Estábamos empapados, luego éramos los dos en la bañadera.
Quizá fue la mejor noche con Benjamín. Quizá por eso, a la mañana, se llevó su cepillo olvidado el domingo anterior. O quizá, le molestó el llamado a las 9 hrs.
Me despertó un llamado. Era Walter. Regresaba de viaje y quería verme. Me citaba en 40 minutos. Regresé a la cama junto a Benjamín quien, aún dormido, me abrazaba. Le dije que debía salir, le dejaba la llave. No lo aceptó. Walter insistió con mensajes de texto, y mi mente intentaba coordinar un horario que no dejara sospecha. Dudé en contestarle, pero luego lo imaginé en la puerta de casa. Cómo le explicaría la presencia de Benjamín. Cómo le explicaría a Benjamín, la presencia de Walter. Le contesté. Extendí la hora. Regresé a la cama. Cogimos nuevamente.
Acabamos. Se me hace tarde, le dije. Inventé la excusa de una entrevista de trabajo. Me fui directo a sacarme el semen seco que tenía en el pecho. Benjamín y yo salimos de casa. Me preguntó hacia dónde iba. No lo sabía. Temía que Walter estuviera cerca. Dos segundos, inventé una excusa, le dije que debía ir al locutorio a hacer un llamado. Nos dimos un beso. Crucé la avenida, viendo cómo Benjamín se alejaba en sentido contrario. Walter venía hacia mí. Tres horas después, sería otra la cama, otros los brazos, y otra la lengua que intentaba fundirse con la mía.

paScuA de hUevoS



frío, frío, caliente, caliente

te busco, te encuentro

y adentro te meto.


(más que ganas de ser huevo,

ganas de tenerlos)

La tranquera

A veces las cosas suceden por casualidad. A veces, no. Vos eras el chico que yo había conocido en una fiesta, que me había gustado, pero con el que nunca había pasado nada.
Y justamente por esas casualidades, en otra fiesta que te crucé, el hecho de que yo no tuviera movilidad fue lo que hizo que nos juntara.
La fiesta era en un campo, lejos de capital. Había empezado temprano, de día, y ya a las tres de la mañana nadie daba más de alcohol y otros excesos. Resulta que vivías cerca de mi casa, y la dueña, sin ninguna intención maliciosa más que querer fletarnos de su casa para poder irse a dormir, me “acomodó” en tu auto, junto con dos hiperexcitados que estaban pasados y no pararon de decir pelotudeces en todo el camino. Por suerte, vivían cerca del campo. Los dejamos en una estación de servicio de la zona y desde ahí tenían que caminar dos o tres cuadras nada más.

Nos quedamos solos, en tu auto. Solos: vos, yo, y nuestra calentura. Porque era compartida. Porque en ese momento nos dimos cuenta de que era compartida. No hizo falta decir nada, sólo me acariciaste la rodilla y yo te miré mientras sentía que me humedecía, ahí, justo ahí.

Pero estábamos en las luces de la estación de servicio, y no daba. Arrancaste y subiste un poco el volumen de la radio. Sintonizaste una estación donde las canciones eran melosas, de esas que se usan especialmente para esos momentos.

Intentaste tocarme en el auto, pero te detuve. Te dije: mejor vamos a un lugar en la ruta. Pero ninguno de los dos tenía un peso encima: entre los dos sumábamos veinte pesos, y los hoteles de la ruta son un poco más caros que los urbanos. Entonces te acordaste de la tranquera que había que correr para entrar al campo, que tenía una casilla vacía, donde debería haber un señor de vigilancia pero justo no había. Y me dijiste: ¿vamos a la casilla? Yo te miré incrédula, pero asentí con la cabeza.
Mientras los dos ardíamos de deseo vos maniobrabas el volante y yo pensaba en que no aguantaba la hora en que esos brazos me tocaran a mi, y no a ese aro de metal forrado en goma negro.


Llegamos a la casilla. Estacionaste y bajaste de mi lado para abrirme la puerta. Me llevaste a la casilla a upa, y me apoyaste en esa especie de tabla de madera que funciona de escritorio mientras me desabotonabas torpemente todos los botones de mi camisa. Con tanta desesperación que hasta me rompiste uno.
Después nos dejamos llevar y terminamos rodando por el pasto, hasta que terminamos desnudos, en el barro. Nada más erótico que una pareja desnuda en el barro. Nada más placentero que sentir tu dedo manchado de barro ahí, y después tu miembro cubierto de barro, adentro mío. Acabé demasiado rápido. Pero no importó. Porque seguimos. Y así seguimos y seguimos varias veces más.

Ese botón, que nunca más volvió a aparecer, quizá fue el símbolo, el testimonio, de esa noche en la casilla. Porque salvo eso, y quizá unas pocas manchas de semen que no quedaron en el lugar correcto, nada más quedó de esa noche.

Nosotros dos, lost.

Cuatro años de novios y un verano por delante en Capital. Enero 2007; acababan de contratarme justo cuando empezaban a echarlo. "Somos fuertes", dijimos, juntos podríamos soportar tanto el calor como la falta de vacaciones.

No me acuerdo a cuál de los dos se nos ocurrió la idea de mitigar la pesadez con la primer temporada de Lost. Generalmente las cosas se nos ocurrían a dúo, o yo lo estaba pensando, o él lo estaba pensando, o hablábamos a la vez. O nos tomábamos las cosas con tanta vehemencia que los proyectos de uno terminaban siendo los del otro.

Cuatro años de novios, un verano por delante y sobre la mesita ratona de mi departamento esperaba ahora la primera temporada de Lost. Nos habían hablado; todos nos habían hablado. Primero nuestros amigos más o menos cinéfilos, a los que les teníamos confianza. Después Lost nos empezó a atacar por todos lados; la última en recomendárnosla fue mi compañera de yoga. No entendíamos realmente qué misterio podía generar una serie yanky, pero un verano por delante, las noches vacías de amigos que divagaban por el sur y cuatro años de novios hacían que estuviéramos dispuestos a enfrentar a cualquier cosa.

El primer capítulo lo vimos en casa. Habíamos terminado de cenar y nos tiramos en un puf. A medida que avanzaba nos fuimos incorporando. Me acuerdo bien de esa noche porque hacía mucho que Pablo y yo no cogíamos así. No sé si habrá sido la intensidad de lo que acabábamos de ver o la excitación que nos produjeron ciertas escenas de peligro – me había asustado bastante ese primer capítulo y él me abrazaba fuerte, con unos brazos que me había olvidado que tenía. Hacía mucho, decía, que no cogíamos así: estábamos acelerados, tan acelerados que se metió al baño cuando yo estaba entrando. Fue ahí mismo, como si estuviéramos dejándonos sorprender. Digamos que en la última etapa nuestra pareja había entrado en esa especie de meseta rancia. Por eso esa noche nos pareció mágica. Creo que no nos quedó un solo lugar por recorrer, una sola parte del cuerpo por descubrir. Nos besamos violento, nos mordimos, éramos animales desparramados en el piso de cerámico. Las cuatro de la mañana y seguíamos con ganas de más.

Durante alrededor de dos semanas, ya no recuerdo, nuestras noches estuvieron marcadas por la serie. Nos juntábamos cuando yo volvía de la oficina, cenábamos algo, nos preparábamos unos wiskies y nos disponíamos a flashear. La naturaleza agreste nos había estimulado la imaginación. Estabamos descubriendo otra vez nuestros cuerpos, cuando parecía que no quedaba nada por descubrir. El de Pablo me parecía nuevo; “estás tan bueno” le decía entre respiraciones cortadas. Le pasaba la lengua por su panza marcada por las abdominales bolita que hacía en entrenamiento. Me sorprendía a mí misma con técnicas de sexo oral que ni siquiera había imaginado que existían. Jugábamos mentalmente: yo era Kate y él era Jack y hacíamos en la cama lo que ellos postergaban en la jungla. Los dos sabíamos en silencio que algo había despertado en nosotros esa bendita serie. En silencio porque no nos lo decíamos, pero en esa semana fuimos capaces de cancelar cualquier cosa que se presentara por ver un capítulo más y por sentir eso que pasaba una vez apagada la pantalla. El cuarto de mi dos ambientes era una selva; podíamos fabricar en él cualquier escenografía, nos soplábamos, respirábamos, nos volvíamos a estimular. A veces abríamos la ventana que daba a un pedazo de cielo de Rodríguez Peña y cogíamos a la luz de las estrellas. Dejábamos que entre la brisa, o los pegajosos 38 grados de calor. Transpirábamos. Empezamos a viajar el exhibicionismo; yo de cara a la ventana, parada, el por atrás agarrándome el culo fuerte con las dos manos. A veces sensual, a veces agresiva, yo estaba descubriendo otra vez el sexo. O por primera vez. Quería hacer exactamente lo que él estaba esperando. Y lo lograba. Todo el tiempo, cada vez más.

Pablo se había transformado para mí en el protagonista de Lost que más me hubiera calentado si hubiéramos caído junto al grupo en una isla desierta: tenía en un solo cuerpo la pasión de Sayid, la violencia de Sawyer, la dulzura de Jack, la inteligencia de Locke. Todo encerrado en el mismo cuerpo firme, tostado bajo el poderoso sol que pega en todas las canchas del conurbano bonaerense.

Cuando llegó el momento de enfrentar el último episodio surgió naturalmente una especie de ritual. Cocinamos entre los dos lo que había en la alacena, nos tomamos varios fernet. De postre él me sorprendió con un par de tiritos, "para festejar", dijo riendo. Así estábamos, sobreestimulados. Fue una noche que voy a guardar para siempre: era sábado, y duró hasta que ya era de día. Los dos solos en mi departamento de Rodríguez Peña, riendo y llorando mientras pasábamos la noche más intensa de nuestras vidas.

Había terminado la primera temporada; teníamos que encargarnos de buscar la segunda. ¿Teníamos que encargarnos de buscar la segunda? De repente algo empezó a retrazarlo. A él lo llamaron de un trabajo, algunos de los amigos volvieron de viaje y empezamos a desviarnos con la excusa de ver las fotos; la banda de Pablo retomó los ensayos y las noches que compartíamos solos empezaron a ralear.

A los pocos días me cambiaron el horario de trabajo, tenía que hacer guardias telefónicas hasta las 11 de la noche. Llegábamos los dos aniquilados y de a poco la libido que habíamos descubierto empezó a despedirse. De repente nos fuimos alejando. Varias veces durante ese tiempo tuve oportunidad de conseguir los nuevos capítulos (a esa altura dos de cada tres amigos tenían la colección completa en sus casas) pero todo se había enrarecido tanto entre nosotros que no tuve valor de hacerlo; temí que no funcionara. Supongo que a él le pasó lo mismo.

Todavía era verano, todavía hacia cuatro años que estábamos de novios pero ahora éramos nosotros los desaparecidos; cada uno estaba en su isla de trabajos, amigos, banda, yoga, guardias y drogas. Cada uno en una isla infinitamente distante.

Un mediodía de febrero almorzamos juntos por última vez en una parrilla del centro, adonde íbamos a veces, cuando teníamos que hablar cosas importantes. Nos separamos bien, tranquilos, casi sin dolor aparente. El mozo de siempre me miraba lagrimear como me había visto cien veces antes, pero creo que él también sabía que era la última.

Este febrero se cumplió un año desde que Pablo y yo nos separamos. No sé si lo extrañé en todo este tiempo. Pero hoy mi compañera de yoga me trajo en una bolsa de Coto la segunda temporada y me doy cuenta por qué durante este tiempo preferí no pensar en ella. Acá estoy: en el mismo living de antes, con los dvds desparramados entre el puf y la mesita ratona; sola y lagrimeando porque no, porque no, porque no sé si tengo valor para volver tan desierta a esa puta isla.

Memoria

A pesar de la distancia y del tiempo -han pasado años-, la tecnología nos mantiene, de alguna manera, conectados.

Benjamin: A veces te recuerdo, como un lindo recuerdo.
LB: ¿En serio?
Benjamin: Sí.
LB: Y... ¿qué lindo recuerdo?
Benjamin:
LB: Pregunto. O sea... ¿qué es un lindo recuerdo? un momento... un... no sé...
Benjamin: Gracias.
LB: ¿Qué es eso?
Benjamin: Es que no entendía, necesitaba una explicación.
LB: ah!
Benjamin: Un recuerdo lindo es algo que aparece en mi cabeza y en vez de dejarlo pasar lo agarro un rato y lo vuelvo a pensar, lo vuelvo a vivir y me deja sonriendo.

Más y más turbación

Llego y
me masturbo
¿Que más
puedo hacer?
Me alivia
eyacular
fuera de ti.
No dártelo
todo a ti
todo el tiempo.
Y no es
una masturbación
cualquiera
-como
la de la vaca
lechera-
Es
una masturbación
ausente
sin sentido de culpa
sin curas
sin religión
sin sexo casi.
Es
una guerra
contra ti.
Me
tengo
que defender
de alguna manera
y
me masturbo
mirando
a una
modelo
italiana
-la sensualitá
under 20-

parecida
a ti.

Claudio Bertoni, Chile.

Las italianas y el amor (1º entrega)

Jueguemos al doctor

Una del Piamonte

"Soy una estudiante de catorce años, voy todavía a la escuela y tengo tres compañeras. Nos reunimos todos los días para jugar juntas, pero hacemos juegos un poco extraños, por lo menos al principio me parecían así, pero hoy no resisto su tentación; o sea jugamos a médicos y pacientes. No nos hacemos daño, y sentimos placer. Yo a decir verdad al comienzo no quería, pero ahora que me han convencido lo hago de buena gana. Hay veces que mi madre no me quiere dejar ir, no porque ella sepa lo que me hacen, sino porque ha descubierto que no hago los deberes. . Ahora sufro cuando no puedo ir y "trabajo" sola. ¿Hago bien o debo insistir para ir con mis compañeras?"

Gabriella Parca (comp), Las italianas y el amor, 1965


¡Gracias S.H. por regalarme el libro!

Oh, just in your underwear

Luces bajas. Un departamento en Villa Crespo. Tres chicas en un balcón. Colillas en el cenicero. Tres copas vacías. Dos botellas de Gato Negro.

Julia: ay, mirá que corpiño que te pusiste.

Laura: ¿Este? Pero si no es para tanto...

Andrea: ¿A ver?... es transparente. Se te ve el pezón..

Julia: No se ve tanto en realidad, se nota más porque hace frío…

Andrea: A mí me gustan los que se abrochan adelante…

Laura: A mi los de encaje, y con la bombacha haciendo juego…

Julia: Yo odio que las bombachas hagan juego, uso tangas de diferentes colores. A veces me las compro en el subte, ¿viste las que se compraba Sarlo?

Andrea: Sí, sí…. Igual vieron que yo soy más conserva…me gustan las bombachas grandes, de abuela. O los calzoncillos de hombres.

Julia: Pero los calzoncillos de hombres es algo que a ellos les encanta!!!. A mí mi ex me rogaba que me pusiera sus boxer.

Laura: ¿Y si te pedía slip te ponías igual?

Julia: Jamás uso slip. Odio los pibes con slip.

Andrea: En serio, a mi me encantan los slips….es mas, si se pone una zunga en la playa, mejor. Y si es negro, mejor todavía…

Laura: Que lindo pelo que tenes…me encantan tus rulos. A ver, Julia, me queda bien el pelo de Andre….
Si yo tuviera tus rulos no sabes lo que haría….

No quiero ser tu amiga

No me interesa. Pero vos no lo entendés.

Y me decís de ir a tomar un café, donde me contás de tu novia, de las posiciones raras que probás con ella, de los orgasmos múltiples que tenés con ella, mientras yo pienso que lo único que estás tratando de hacer es echarme en cara “Nosotros nunca probamos así”.

¿Y sabés que pasa, amor? No da que me cuentes esas cosas.

Date cuenta, honey: la postmodernidad tiene sus límites.

Es como acabar de coger con tu novia y contarle que en tu fantasía estabas pensando en Natalie Portman.
Toda apertura crea su propia línea divisoria, y hay sutilezas que uno tiene que aprender, hay ciertos límites que no se cruzan.
Lo entendiste, darling?

Sensación Térmica

38°C en el mundo
y yo nunca sentí tanto frío
como esa noche que dormías

en la otra punta de la cama


dándome la espalda.

Gracias Chiqui!

730 días

Dos años antes, había tenido que aceptar que él era lo que yo quería y
siempre hay impedimentos con las fantasías: yo con Walter,
las palabras sin cruzarse nunca ni una palabra con él, ninguna
probabilidad de que yo pudiera interesarle.

Una vez en el subte, increíble que pudiera sentir en el cuerpo
en todo el cuerpo,
que fuera posible venerarlo en silencio y después de eso todavía
existiera la oportunidad de conocerlo, los amigos en común
que facilitan los encuentros, las comunidades chiquititas,
pero qué bien:

será simpático, lo era, quería ser amigable. Yo mejor, en mi camita
de una plaza, no querría más amigos pero estaba bien dispuesta
a lo que fuera, a capturar algo (tuyo, algo):
y vos con tu capacidad tan asombrosa, la que tienen las personas
para parecer nunca estar cuando se las busca y estar siempre
en los momentos menos oportunos. Quiero decir, digo,
una calentura inextinguible.

Tanto busqué el momento perfecto, tanto que llegó el que no lo era:
separada yo de Walter, demasiado sola, no hubiera querido, ese día,
que él se adormeciera; toda situación es infantil, en estos casos,
y llegamos a la cama sin siquiera habernos ni tocado; cuando por fin
lo hiciste, ahí debajo de las sábanas, entendí cómo era eso que otros
me contaban: que el contacto fuera casi suficiente para estar al borde
del orgasmo. Pero así fue:
dos veces y
nunca recordar los detalles porque aquello era imposible, no pasaba y
era demasiado para un solo cuerpo, para el registro de esta sola mente.
Y la pobreza que vendría después, cuando aceptáramos ser
tan buenos amigos.

¿Clásico?

O más bien rayando en lo bizarro. No dejo de preguntarme si es normal o es que realmente la vida la tiene con algunos.
Resulta que salgo del trabajo y me dirijo a la parada del bondi. Bueno, hasta ahí todo normal: salgo del trabajo y me dirijo a la parada del bondi, como todos los días. Bueno, quizá no como todos los días, acabo de cruzarme más de 20 parejitas, y una chica sola con la cuál inmediatamente me vi reflejada. Semáforo en rojo, paro. Veo alguien que camina por la vereda de enfrente. Veo. No puede ser. Sí, puede ser. No, no puede ser. Sí, sí puede ser, porque ES. Veo. ¿Es?. Sí, es. No lo puedo creer, digo (sí, lo digo porque hablo sola). Intento un chiflido, y de los nervios no me sale. Cruzo la calle. Alguien está ahora exactamente a mi altura, o yo a la de él. Él voltea, me cubro el rostro, no puedo parar de reírme ( de nervios, claro). Hola, le digo. Hola, me responde. Feliz día, le digo atacada de risa. Qué cosa eh..., me dice. No podía ser de otra forma, no otro día, le digo. ¿Cómo me di cuenta que estabas atrás?, me dice. Ninguno de los dos entiende nada. Nos miramos, reímos. Caminamos juntos. Ahora parecemos una de esas parejitas.
Intenta resumirme porqué motivo está en ese lugar a esa hora. Lo escucho, sin decir nada. No sé qué decir, y hago silencio.
Bueno, chao, me dice entre risas, repitiendo mis últimas palabras del día en que fui a devolverle sus cosas. Voy a la parada, le respondo. Sí, lo sé, me dice. En la parada trata velozmente de ponerse al día de mi vida. Han pasado.... casi dos meses desde que nos dejamos de ver, y casi... un mes de su último mail en el que me contaba, entre otras cosas, que se muda a cuatro cuadras de mi casa. Para variar, repetiré la frase que vengo diciendo desde que me conocés: estoy cansado, me dice. Hago como que no lo escucho, me aburre el speech adolescentista.
Estamos en el 152, sin decirnos mucho. Walter me observa, yo miro por la ventanilla. No quiero saber mucho de él, trato de no preguntar. Hay silencio. Hay risas. En la próxima me bajo, le digo. ¿Te bajás?, me pregunta. Sí, tomo el 109, le respondo. Le pregunto si toma el 109 y me dice que no, que lo deja lejos. Esta vez no caigo en la trampa. Me levanto, me despido, aprieto el botón y me bajo.



Nota a la vida: Querida vida, vengo bancándome infinidad de cosas, personas, situaciones... ¿Justo hoy me lo tenía que encontrar?

14/02/2008

¿Cuántos revivals puede tener una historia?

la primera clave es que no sea sino
divino, con postgrado en Columbia
a las poetas les gusta que les terminen en
la espalda porque no las asusta
acabar comprometidas aunque dependa
siempre hay que pedirle, como en la visa:
si tiene experiencia con armas especifique
cuáles, bacteriología nuclear...
hay que recordar que una escena homo-erótica,
es como estar haciendo algo, y eso
es siempre una buena actitud
hay que decirle: te llevo a iniciarte y te contrato
bagarteo, luego elijo.
soy muy bondadosa a la hora del amor, trabajo
aunque cueste; sin embargo
yo no trabajo para nadie.
como en duro de matar,
y sus secuelas,
la primera es la película que promete,
la segunda no es tan buena pero se reserva
para la tercera, la tercera es un
fracaso, nadie produciría la cuarta...
yo voy por la quinta sabiendo
que como en esa canción de los Beatles, all I need
is love, y ustedes también, aunque el amor,
el amor sea fascista
(y el sexo, el sexo mil veces peor)
no tengo frase de cabecera sexual, pero me gusta
igual, al final me pregunto,
¿de qué tamaño es el amor?
en mi cabeza escucho:
yo estoy caliente mal con un
chico que ahora está en quinto año, me pongo
boba cuando lo veo, este año se llevó un trimestre
de física y pensé: nena, qué obvia que sos..
sepamos esconder la cerveza y devorar, un cadáver
exquisito, las noches en que las benjamin se juntan
tiembla, todos los bares, todos los barrios y
de lo único que se habla es de la inflación...

de nuestra pobreza.

una frase inolvidable:
histeriquear puede hacerte descubrir que
4 sobre 7 es un buen número pero nunca
hay que olvidarse de cantar bingo, porque si no,
si no, no vale.

anything else but you

Saliste de la facultad, atropellada. Agarraste a una amiga del brazo y la arrastraste a la parada del bondi, prometiéndole que la inauguración a la que asistirían iba a estar increíble. Llegaste a la inauguración para el brindis, el momento en que todos hablan entre todos. Algunos rostros te eran familiares. Entre copa y copa lo viste. El chico de traje rodeado de rockers, el rocker trajeado. No parabas de mirarlo. Qué raro que es, pensabas.
De pronto estás hablando con su amigo, de pronto estás hablando con él. Cómo te desplazaste tres metros, no lo sabés. Estás hablando con él. Te hace reír. Una conocida te da un papelito con una dirección. Tu amiga no puede desprenderse del champagne. La agarrás nuevamente del brazo, prometiéndole que la fiesta a la que van va a estar buena. Ahora estás en un taxi, tu amiga, un desconocido, y él. Hablan, no para de hablar, no paran de reír. Llegás a la fiesta. Tu amiga no para de hacer apuestas con nuevos desconocidos. Hablás con la gente, bailás, tomás, fumás. Lo ves. Te ve. Vas hacia su grupo. No conocés a ninguno, no te importa. Te presentás y hablás con ellos. Quedan solos. Te atrae. No sabés qué, pero te atrae. Están en el patio. Beben. Tu amiga aprovecha un taxi y se va. Estás sola, con él. El porro te empieza a pegar. Bailan. La gente empieza a irse, vos te vas también. Él también se está yendo. Te pide tu mail. En tu bolso tenés papel y birome, pero le decís que no tenés dónde apuntar. Él saca un papel, es una carta documento del trabajo. Te dice que ahí no puede escribir. Agarrás el papel, lo hacés una bola y lo tirás. Le decís bueno, entonces no te lo podré dar. Acabás de sentir que pasaste el límite. Te gustó eso. Te gustó el poder. Él levanta el papel y anota tu mail. Te acompaña a tomar un taxi con una amiga. Se despiden.
Al día siguiente tenés un mail de él. Durante una semana tenés mails de él.
Durante veinticuatro días hablarán por msn. Durante veinticuatro noches inventarás un rostro. Te gusta. Te gusta tu invención. Él te llamará para bailar tango y no podrás ir. Una tarde te llamará para ir al cine. Quedarán en un punto de encuentro. Verás cientos de rostros, pero no lo recordarás. Temerás equivocarte. Decidirás quedarte visible. No lo reconocerás. Él se te acercará. No será como vos lo habías pensado. No será el rostro que habías inventado. Verán Las trillizas de Belville. Caminarán buscando un bar, luego estarán por Recoleta y él te invitará a tomar un vino en su casa. Irás. Estarás en su casa, tomarán dos botellas de cabernet. Él se te acercará y te dará un beso.
Estás en su cocina. Él se acerca por la espalda, te levanta la pollera, te empieza a lamer el culo. Querés tenerlo adentro. Te das vuelta. Te muerde las tetas. Te desviste casi desgarrándote la ropa. Te lleva a la habitación. Te gusta. Te gusta el poder que tiene sobre vos. Te gustan las palabras que te dice al oído. Te palmea. Te hace gritar.
Amanece. Benjamín y vos se entregan al sueño.

Diálogos absurdos

No existen las casualidades. No, no existen. No es casualidad que los dos hayamos ido solos a ese ciclo de Fassbinder, a ese ciclo que poca gente va, incluso poca gente sabe que existe.
No es casualidad que te dieras cuentas de que era yo y no te hayas movido del asiento igual. Que cuando saliéramos del cine decidieras venir a saludarme en un beso seco, sin ruido, de esos que se dan en el aire y no en el cachete.
Tampoco es casualidad que tuvieras puesta la remera que yo te había regalado. Que cuando nos volvimos juntos en el colectivo me preguntaras:
-¿Cómo estás?- y yo te respondiera
-Bien, ¿y vos?
-Bien, bien...
cuando los dos sabíamos que la pregunta que ninguno se iba a animar a hacer era
¿Me extrañaste?

Sí, te extrañé. Era obvio que te extrañé. ¿Qué esperabas? que cuando pase por la puerta de tu casa no espere encontrarte de casualidad, que cuando en el celular aparece desconocido mi corazón no se ponga a vibrar. Lo siento, no puedo.
-Estás más flaca- me decís.
-Puede ser – te digo- Sabés que no me peso, así que ni idea...
Así, tus diálogos se mezclan con mis diálogos, en un sinfín de roces evanescentes.

Y llegamos a tu parada, y te tenés que bajar, y me mirás sin saber que hacer pero te bajas igual, y yo no digo nada, me muerdo la lengua y no digo nada, simplemente te miro irte y pienso en porqué te alejas de vuelta.
Así lo diría Elliot: “Como se mueve un jarrón chino. Inmóvil. Perpetuamente en su inmovilidad”.