funcióncontinuada

y si detenemos el tiempo, y me cobijo en tus brazos, y sueño que es mañana, y empiezo a pensar en el café amargo que tomaremos juntos en el balcón, y entonces te quedarás observándome, mientras yo juego con mi pelo, con los ojos achinados por esos rayos de sol que se posan sobre mi rostro qué te pasa te diré, y sonreiré tímidamente, jugando a que soy tímida, jugando a que soy niña, jugando a que soy un gatito que ronronea hasta llegar a vos, y acariciarás mi cabeza, y con mi rostro entre tus piernas empezaré a lamerte, y el tiempo se detiene y te levantas de la cama y me quedo observando cómo te aproximas al baño, y una lámina de luz ilumina mi entrepierna, y no sé si cubrirme o quebrarme esperando que regreses, pero tardás, y poso sola, y me toco, esperando que regreses y me la chupés toda, hasta que me canso, y volvés, y me decís que ya es tarde, que te vas, quedate te digo, pero me decís que no, que mañana trabajás temprano, que otro día hablamos, y me visto para abrirte la puerta, y me das un beso seco, y te vas, sin que te haya dado mi número, y regreso a mi cama con el tiempo detenido, mientras abrís la puerta con el pie, dos tazas de café en la derecha y un plato de tostadas con dulce de moras en la izquierda, y el viento cierra la puerta, abrís la persiana y vemos el agua caer, y te digo qué buen día para quedarse en la cama viendo pelis, y te acostás a mi lado a mirar la lluvia.
Un amante es un amante, nunca te olvides de eso. Así que no le estés pidiendo al amante que se quede a dormir, él necesita ese radiotaxi porque mañana sino “es un kilombo” levantarse en una cama que no es… , para qué, si son las dos de la mañana y ahí está el amante atándose las ponys, ubicando sus medias, y diciéndote que no te quedes mal, que todo bien, que gracias por llamar. Un amante es un amante y no va a suplir “esa” necesidad de abrazo, de noche entera. Porque para pasar una noche entera es necesario algo más que chateadas momentáneas, que mensajes sorpresivos, que jueves que terminan como no hubieras imaginado. Y ahí está el radiotaxi del amante, cuánta seguridad, no da tomarse un bondi, no da porque es de noche y la inseguridad está aniquilando profesionales, viste lo que pasó con el ingeniero… Y bueno sí, fue lindo, que lo pasaras a buscar con la bici en la puerta de la facultad, había ahí mucha gente haciendo una sentada por los maestros tomando cerveza, pero ellos no eran como nosotros, nosotros ya no tomamos birra en la calle, nosotros nos sentamos en un bar, adentro, porque en la vereda para qué, si pasan los autos y te tiran todo el humo del escape, para qué si la noche la disfrutamos igual desde la ventana. Y el menú bueno, nos jugamos a lo seguro, una pizza y una Stella, que es mejor que la Quilmes que es pura agua y bueno, charlamos de trivialidades, de los exámenes y la televisión. El amante sabe de televisión porque a la noche no se puede dormir y mira hasta que le entra el sueño. Un amante es un amante que se puede divertir con vos, que sos una copada y tenés la risa a flor de piel, que estás hermosa con ese vestido y la bici que te da un aire adolescente, pero sólo un aire, nada más, que le hace bien al amante, porque lo saca de la rutina, aunque la rutina a él le gusta porque se siente seguro ahí, para qué andar experimentando, que esa época ya pasó. El amante paga porque es un caballero y le regalás el momento más barrial del año cuando te acompaña con la bici hasta tu casa y eso lo calienta un poco, en la puerta te da unos besos medio comprometidos y eso le va a parecer re loco, re distinto, porque hace mucho que no hace eso, desde punta del este 98 que no se sube a una bici. Juega con las lomas de burro, el amante, se sube torpe a la vereda. Vos con la campera de él en la mano te sonreís por dentro y pensás “que está disfrutando” ya una vez en tu cuarto todo es como sabías que iba a ser, el amante tiene imaginación y esta vez está inspirado y capaz que hasta te la chupa un rato. Qué lindo. No fumás porque al amante no le gusta el humo, sos la reina de las concesiones, qué bien, por lo menos es una noche sin fumar y eso está bueno, lo hacés por él y te sentís que estás haciendo algo por alguien. EL amante remolonea, despeinado, por ahí te abraza y te dice algo dulce, edulcorado, “me gustó” o algo por el estilo, que para decir algo más que eso hace falta un poco más de conexión y no es que no la tuvieran, no, es que bueno, no se dio, que tal vez más adelante. Timbre. En bombacha hasta la puerta despedís al amante con un beso frío, y volvés a tu cuarto y te fijás, nada interesante en el msn, ya leíste a la tarde todos los blogs que te gustaban y los diarios sólo tiran noticias de Bianchi o Maradona. Al amante le gusta Bianchi. Te acordás de los momentos en que no había tanta historia y las dos de la mañana era un horario prudencial para quedare remoloneando y dormir juntos. Te acordás de cuando no necesitabas forzar la sorpresa porque venía sola y era lindo así, tan natural. Te acordás de que hubo alguno que te dijo lo linda que estabas y sentiste la sensación de ser única para alguien por un rato. Te acordás de las batallas con almohadones, de los porros para compartir, de los ceniceros que te van a despertar a la mañana, de estar en pedo tranquila porque a nadie le importaba quedar en ridiculo, porque era tu cuarto y tu cuarto era un lugar seguro. Prendés el segundo cigarrillo cuando el amante ya está por Juan B. Justo y pensás cuánto tiempo hará que la vida los convirtió en adultos. A los dos.

Instantáneas de la recuperación de la inocencia.


Cenital:

Mirado desde arriba,
el suelo se comparte igual
que la esquina
de una pared húmeda.

Un poeta grita con su cuerpo
verdades discutibles,
y los vasos de todas las manos
se vuelcan a la vez.

Los que estaban notaron
la delicada conmoción
de los cristales,
la llamada interviniendo
la luz azul del piano,
los ojos fijos en un punto.

Los que estaban notaron
todo menos el momento
justo del contacto.


Secuencia:

Si la calle está helada y la seguimos
vamos a tener que patinar
juntos hasta alcanzar el refugio
de palitos y de hojas.

Al chico que lleva mi mochila
no lo conozco,
pero su gesto me dice que soy buena.
Y yo le creo.


Pienso en hacer el esfuerzo
de llevarlo en brazos.

Si llegás hasta la esquina estás conmigo.



Infrarrojo:

Que sea lento obliga

a reconocer una uva
en cada anécdota.
Decidimos cambiar la borrachera
por chicles de otra década.

En el 96, hubiéramos escapado
del partido de Argentina

por el fabuloso mundo

de los pasillos desiertos.
Ahora tenemos la mejor idea
de ser otros,
para escapar del ruido.

Mi saquito azul
planea hasta el parquet;
y es un charco idéntico al
que tenemos en mente.

Estamos cruzados por el Medio.

Yo soy un gesto,
un vuelo detenido
en el aire.
Pura pulsión paralizada.


Luz natural:

Si amanece antes que nosotros
vamos a tener tiempo para
recordar a los caídos:
un bracito de barbie que le ganó

a las mudanzas, playmobiles
heridos en puestos de feria.

Vamos a observar

la manteca y el milagro

de la conexión:
la sensación nueva es desayunar
a upa de tus ojos.

Cuando cuente tres no te vas a acordar nada

Teleobjetivo:

La despedida frente a Kodak
es una foto robada,
un investigador que a la mañana
se empeña en descubrir
quiénes éramos.

El colectivo nos regresa
al punto de las
ecuaciones matemáticas:

Ya nos da paranoia, ya maduramos
los errores, ya no dormimos dos noches
en otra cama que no sea
nuestra cama.

I did it again

Una noche, una Benjamin, una cama...

- Me encantás.
- Callate.
- En serio, me encantás; o sea, desde hace tiempo que me encantás.
- Dejate de joder.
- Me gusta tu piel, tu pelo, tus tetas, tu concha. Tenés la concha más rica que he probado en mi vida.
- Ah, eso es un halago, ¿no? Onda, no puedo decir lo mismo de tu pito. Jajaja, es una broma. No está mal.
- ¿Por qué sos así?
- Así ¿cómo?
- Así, que te hacés la mala todo el tiempo.
- No me hago la mala. Soy mala. ¿No te diste cuenta?
- Yo lo que veo es una mujer hemosa que se pone una coraza encima porque se siente atacada por el mundo.
- ¿Estás drogado?
- Vos lo que querés es alguien que te mime, que te quiera, que te acompañe.
- ¡Bingo! pero sos re persuasivo, eh?
- No te hagás la dura, sola te vendés.
- Bueno, cortala ¿no? O sea, del "me encantás" al "tenés una coraza", como que te fuiste un poco al carajo.
- Qué linda que sos. Posta, me encantás.
- Si vos no me has dado bola, ¿a qué viene ahora tanto "me encantás"? Estás ebrio.
- Estoy más sobrio que vos, te lo aseguro.
- Puede ser.
- Es más, me casaría con vos.
- Bueno, dale. Vamos a casarnos.
- ¿Cuándo?
- Ahora.
- ¡¿Ahora?! Pero necesitaría hacerme un corte, onda un pacto con sangre.
- Nah, mirá: con baba. Un pacto de baba.
- ¿Cómo?
- Lamete la palma de la mano.
- Estás loca.
- Te encanta.

emO

- ¿Cómo que no te acordás nada?
- No me acuerdo. O sea, tengo como... pequeños fragmentos de la noche.
Me acuerdo que estábamos charlando en la fiesta. De ahí... no sé, onda, casi me caigo. Creo que fue cuando volvía del baño que fui a tratar de sacarme el hipo.
- ¿Qué hipo?
- ¡Ah! me dio hipo ¿podés creerlo? Hipo emocional.
- ¡¿Hipo emocional?!
- Seh... el año pasado me dio tres veces. Me da tipo... en situaciones extremas. estaba hablando de una persona que re quiero y en eso... ¡pum! el hipo. Bueno, la cosa es que cuando volvía del baño resbalé en el jardín y casi me caigo, entonces me sostuve de una silla. Creo que del susto se me pasó el hipo, y... no sé... creo que él me ayudó y de ahí no sé... estábamos a los besos.
- No te acordás de nada.
- De ahí estaba en su cuarto.
- ¿Cómo llegaste?
- No me acuerdo. Creo que fue después de que desapareció mi cartera.
- ¿Cómo que desapareció tu cartera?
- Ah, sí. Cuando fui al baño a sacarme el hipo, regresé y un amigo me dijo que una mina había agarrado mi cartera.
- ¿Y qué hiciste?
- Nada, fui y se la pedí. Le dije que era mía, y me la dio.
- ¿Estaban drogados?
- Nah, mucho whiski. Bueno, la cosa es que estábamos en su cama. Me acuerdo que me leía poesías y no sé cómo me dijo de casarnos.
- Como Britney Spears.
- Claro, ahí entendí a la pobre Britney; sólo es posible casarse estando ebria.
- Ay amiga, estás re loca. ¿Y que supiste de este chico?
- Nada, el muy hijo de puta no me ha escrito ni me ha llamado. Es el casamiento más efímero de mi vida.
- Bueno, vos no hagás nada.
- No, ni pretendo. El mismo día pensé en escribirle un mail para ver cómo estaba; pero al final pensé que mejor fuese él quien lo hiciera. Pero nada.
- Una experiencia.
- Una pobreza.

El alcohol en el paladar al amanecer

Me pregunto cómo hubiese sido pasar la página y que campanita hiciera trin con su varita mágica; pero no creo en los cuentos de hadas. Escucho Neighborhood. Pienso en que hubiésemos tenido una convivencia perfecta. Tus gustos, los míos, los gustos de ambos. Tu cuerpo, el mío, el cuerpo de ambos. Nunca supimos cómo encajábamos el uno en el cuerpo del otro. Una combinatoria molecular. La matemática exacta. Escucho, te pienso y Wake up interrumpe mis oídos y mi pensamiento. Me retrotraigo. Nunca pude decirte adiós, quizá porque no nos lo merecemos. Quizá sea el tiempo necesario para olvidarnos, o para volvernos a encontrar. Lo pienso, claro, porque Benjamin no está más. Porque todas las noches en que estuve con vos lo pensé. Te dije que mi corazón estaba en otra parte, y asentías con la cabeza. Jamás te hablé de él. Jugué a hacerme la enojada cuando estabas a punto de penetrarme. Mi corazón está en otra parte, te repetía; mientras deseaba que fuese él quien introdujera su pene en mí. Pero eras vos. Y sentía su mano poco tímida adentrarse en mi vagina. Nunca fuiste diestro con la mano. Siempre tu torpeza al frotarme y adentrar la mano. Benwalter. Benwalter sonaba bien, y pensabas que te llamaba. Pero lo llamaba a él, no a vos Walter. Benjamin era a quien quería a mi lado, porque fue él quien me hizo olvidarte. Benwalter una y otra vez. Benwalter durante meses. Nunca lo supiste. Y yo, siempre abierta; con una culpa prominente. Una culpa dilatada de la excitación. Culpa católica lo llamaría M. Pero Benjamin no era uno. Benjamin fueron todos. Tantos Benjamines, y vos, Walter.
Vos, solo. Tan sólo vos. Y ahora yo, tan sola. Tan sólo yo, y el extrañamiento a la distancia. La impulsividad limitada por la imposibilidad del nosotros porque no existe tal. Me decidí a olvidarte; a desarmar mi cuerpo para que no tuviese gusto a vos.
Quiero que sepas que estoy bien, que no he pensado en vos hasta este momento en que te escribo esta carta; porque ya ingerí una botella de whisky; porque escucho Cartoon music for heroes y me dan ganas de llorar sintiéndome una perdedora con un dejo de sonrisa en mis labios; porque ya pasé tres discos y sigo escribiéndote esta carta que quizá nunca recibas o quizá no merezcas; porque no quiero escuchar In transit porque me hace acordar a Benjamin, y paso el tema de largo y prefiero Blue skies porque acá el cielo no es azul. Algún día me dijiste que nos encontraríamos en París, yo te sigo esperando: debajo de la torre, los dos en bicicleta. Estoy acá, esperándote, como tantas veces, Back to 101. Algún día podremos mirarnos a los ojos y me dirás lo que otros me dijeron con el reloj atrasado. Ese día te diré llegás tarde, y campanita hará trin.

el 38

Las teorías acerca del amor me tienen sin cuidado. Mi postura firme, fría y poco creíble es que enamorarse es fácil pero amar es lo difícil; y para ello largo una discurso aburrido y poco creíble, para mí, que inicia en que, primero, para enamorarse hay que estar dispuesto a (o sea, estar abierto para), y en segundo lugar el AMOR, que es como el lugar ideal y trabajoso al cual se llega a costa de esfuerzo, sexo, sudor y lágrimas.
Luego de cuatro años de intentos fallidos y de una lista extensa de hombres en mi cama o camas ajenas, lo conocí.
Un bar, amigos, un extraño. Un cruce poco cordial de palabras. Una barra, alcohol y ruido. Una pista, música y cuerpos sudorosos. Un living, drogas, y una tercera. Un auto, sexo y una cama.
La sumatoria perfecta para contar dos meses. El tiempo exacto para enamorarse. La medida justa para decir en la frialdad, tan sólo cogemos, cuando lo cierto es que el corazón se me acelera al verlo.
Hoy cumplimos dos meses desde que nos conocimos. En tres días me voy del país. Quisiera que entendieras algún día lo que significás para mí. Quisiera algún día entender estas jugadas de la vida de colocar a un hombre del cuál enamorarme en otra ciudad, en otra tiempo. Hace cuatro años que no me enamoro, y hoy estoy dispuesta a dejarlo todo para estar a tu lado. Estoy dispuesta a olvidarlo, a él con quien compartí cuatro años, para seguir riendo con vos. Hace unas horas estuve en tu cama, hirviendo de fiebre y con unas pinturas que seleccioné para vos. Te he dejado una serie familiar, una huella dactilar, para que siempre sepas dónde encontrarme, y manuscritos. Hemos visto pelis repetidas, un programa de entrevistas y escuchado el mismo disco con el cual cada noche nos acostamos durante dos meses. Me has preparado un sandwich. Me has pedido disculpas interminablemente, que no fue tu intención histeriquear con mi amiga, que estabas ebrio, que es tu inseguridad la que te lleva a ese lado oscuro que aborrecés. Me has vuelto a hablar de tu ex, que es tu personaje de ficción favorito cada vez que sientes que lo nuestro puedo tomar algún matiz de compromiso. Saber que me voy te da tranquilidad, y me prometés ir a visitarme. Me decís las palabras que quiero escuchar y me contenés en tus brazos. Hacemos cucharita y nos entregamos al sueño. En pocas horas arribaré un avión del cual querré bajar a los llantos. Ya he gastado todas mis monedas en el teléfono público del aeropuerto hablando con vos. Lloro por vos. No me quiero ir. No me quiero alejar de vos. Regresaré a la ciudad y no entenderé nada. Él regresará, y yo regresaré con él; pero esto no lo sabrás, ni yo. Nos escribiremos mails, hablaremos por msn, me enviarás canciones, fotos, videos, hablaremos por skype. Yo decidiré ir cerrando mis historias para volver a tu lado. Él seguirá a mi lado, o yo al lado de él; pero esto no lo sabrás, ni yo. Tu promesa de volvernos a ver se mantendrá. Llegará el día en que me digas que vas a mi encuentro, y llegarás. Pasaremos dos semanas juntos. Cumplirás años a mi lado. Festejaremos con una vela en la cama. Te irás. Lloraré tu ausencia. Me escribirás todos los te quiero que necesito leer. Algún día te diré te quiero y lo tomarás como un reproche. Algún día te dejaré de hablar, y lo tomarás como una distancia. Viajarás aún más lejos y alimentarás el deseo con falsas historias y extrañamientos, hasta que un día se produzca el silencio y se haga irreparable.
Yo, sin embargo, seguiré mi movimiento que me acercará a la ciudad en la que te conocí y llegaré a ella, sin él.
Llegará el día en que te vuelva a encontrar. Nos veremos, nos abrazararemos. Me invitarás a recorrer tu espacio. Intentaré con esfuerzo reconocerte, pero me resultará difícil verte a los ojos. Un encuentro más me valdrá para saberlo todo. Ella presente, vos en el histeriqueo absoluto, y yo, custodiando el límite. Un adiós resonará en reproche y harás vagos intentos de comunicarte. Una reunión, amigos, alcohol y vos. Quiero hablar con vos. Y yo, ahora no. Ahora nunca. sucumbirás en el alcohol, y te llevaremos a casa a cuestas. No recordarás nada. Yo, trataré de olvidar.
Una noche una mujer se me acercará y me hablará de vos. Me contará de las fotos que te tomé en mi ciudad, de nuestro viaje. Me hablará de la música que compartimos, de nuestros videos favoritos, me contará de cómo cogíamos, de nuestro sexo virtual. Me mostrará las mismas fotos que me enviabas, las mismas cartas, las mismas palabras y la misma excusa de tu personaje de ficción favorito. Me dirá lo cuánto que la querías y las veces que la llamaste para decírselo mientras conmigo tenías sexo virtual. Yo, sonreiré.
Una noche me haré carne, lejos de ti y de tu sangre. Una tarde, abrirás el placard para ver el atardecer. Una mañana, en el oeste, despertaré a su lado.

La nena

El domingo es el día de Celeste. Entonces yo aprovecho la tarde y paseo por Palermo. Miro bombachas y compro dos: una celeste con libélulas, grandota tipo culotte, de tela brillante. Otra con círculos y moñitos. Pienso que podría envolver alguna y dársela para Celeste, le quedaría bien a una nena de 7 años. Pero soy demasiado egoísta y me gusta más imaginarme tu cara cuando me la veas puesta.

Lo tengo entre las piernas, y es el momento que más amo. El momento en que más lo amo. Suena su celular. “esperame nena, tengo que atender, es Celeste”. Siempre tiene que atender y yo sé que no es Celeste. Es Gabriela. Pero “Celeste” es el nombre oblicuo que viene a nombrar el vínculo que lo une con ella. Celeste, o “la nena”. Me confundo, desde hace un tiempo yo también soy “la nena”. “Nena, qué te pusiste”, “ay, nena”, “nena te quiero ver en tetas, y en bombacha”. Creo que nunca me llamó por mi nombre, pero desde el principio me gustó el apodo. Y desde el principio no me sale otra cosa que actuar en consecuencia a él. Yo nunca me atreví a decírselo, pero conmigo misma lo llamo “el Oso”. Me gusta jugar sola a que tengo un nombre para mi amante secreto.

Es lunes y estoy en bombacha otra vez, pero arriba de la camilla de Ivana. Aparece con la cera y empieza con lo suyo. Cuando llegué le pedí que no me dejara nada ahí abajo, es una sorpresa para el Oso. Con destreza llega al tema y no sé cómo me escucho contándole. “Tengo un amante secreto. Un señor”. Ivana se ríe pero no se sorprende. Y cuenta anécdotas que no esperaba enterarme: me habla de las mujeres de más de cincuenta que le piden lo mismo para un aniversario, una vez al año. Me habla de mallas blancas y de que lo que les gusta a los hombres. Describe las temporadas de invierno y de verano. Pero no dice nada de ninguna clienta que quiere ser nena otra vez y me siento única. Una nena para el Oso, una diferente.

Cuando bajo a contaduría está mostrando fotos de la nena. Las llevó en un pen drive y alrededor todos coinciden en que es hermosa. Me acerco y antes de verlas, ya lo sabía: Celeste con vestido, Celeste saltando arriba de la cama, Celeste haciendo morisquetas, Celeste con Gabriela. Me recorre un frío involuntario. Es linda Gabriela, más de lo que creía. Pero Gabriela es una señora de tapado y zapatos, y por un momento hasta siento el perfume que seguro tiene puesto. Es linda Gabriela, pienso y me miro y me fijo si tendremos algo que ver, si ella también alguna vez fumó porro o escuchó Morcheeba. Me delineo mentalmente: las zapatillas y los jeans gastados, la camperita de plush y el moño que tengo puesto en el pelo. Es linda Gabriela, pero es una madre. Él me lo dijo una vez, Gabriela es sólo la madre de la nena.


Cuando está profundamente dormido, ronca. Me despierta pero no me enoja, lo tapo con las sábanas; me permito cuidarlo porque sueña y no se da cuenta de nada. Pero cuando el Oso está despierto, dejo que él me proteja, porque me gusta que me abrace con toda su enormidad y me haga sentir diminuta. Sentir en mi abdomen plano la panza del Oso, estimulante, fabulosa, una panza de luz. Ahora, sobre las sábanas, descansa la cabeza del Oso. Su gigante desnudez contrasta contra mi cuerpo blanco y mínimo. A veces pienso que me gustaría vernos en un espejo; cuando estoy arriba de él, cuando se balancea arriba mío, cuando acaba y me mira a los ojos. A veces pienso que el Oso es como un padre para mí: me acurruca, me acaricia el pelo, me besa. Me sienta en sus rodillas y me cuenta un cuento, uno cualquiera, de cuando era joven, cuando Gabriela no existía, ni Celeste, ni yo. Cuando no había nenas, cuando tenía más pelo y menos arrugas. Cuando era la imagen viva de la inexperiencia.

Me ducho mucho tiempo, disfrutando. Me seco mal y medio mojada me pongo la bombacha nueva. Mis amigas me chatean y les contesto así como estoy, en toalla. Quieren que vaya con ellas a ver una instalación. No puedo, hoy veo al Oso. Se enojan un poco porque no entienden que es martes y si no es hoy tengo que esperar hasta que Gabriela vuelva a tener franco. No se los cuento y me sorprendo a mí misma al darme cuenta cómo el tempo de mi vida está regido por las vidas de otras personas que ni se imaginan que existo. Escucho Happy Mondays mientras me seco el pelo largo y lacio. Elijo la ropa adecuada: zapatillas, medias, un vestido de feria. Armo la mochila con dos porros y mi camisón preferido. Estoy por salir y me llega un mensaje. Lo contesto sin rencor, desarmo la mochila y prendo uno. En la muestra tomo vino gratis y me aburro. Sólo pienso en estar en la cama con el Oso.

“Nenita, hoy no puedo y mañana tampoco. Es que se enfermó la chica que la cuida y bueno, viste como es esto, ella tiene una cena y me tengo que quedar con Celeste. Tenía ganas de comer con vos, lo dejamos para después”. Escucho el mensaje y me invade una especie de rabia intensa, me tiro en la cama y lloro mucho. Muerdo el libro que estoy leyendo, le arranco el prólogo y las tapas. Rompo un lapicero chino de cerámica contra la pared que da al patio. Me lo imagino jugando con Celeste, haciéndola dormir y la odio. Un compañero de la facultad titila en naranja invitándome por quinta vez a ver una película de Jarmusch, pero no quiero, estoy encaprichada con el Oso.

Entonces el silencio me obliga a crecer vertiginoso, en un par de meses. Entro en razón y me olvido. “No importa que estemos distanciados, mi familia siempre van a ser Celeste... y Gabriela, y nadie más”, me canceló la última vez. Y fue una iluminación. Es domingo y paseo sola por Palermo, entro a un local y reviso las carteras, elijo una y decido dejar de usar la mochila por un tiempo. Suena el celular, es Pedro que me invita a cenar a un restaurant peruano o algo así. Declino porque estoy cansada y hace mucho tiempo que no tengo un domingo para mí, vacío, ocupada como estoy en mis proyectos, el trabajo y las lecturas. Me sonrío cuando me acuerdo la época en la que los domingos eran los días de Celeste. Entonces lo veo, sentado en una mesa frente a la plaza Armenia; fuma un cigarrillo y mira hacia la calle. Recorro la mesa, un cortado y un licuado, y al lado, obviamente, está la nena. Miro con un poco más de atención y ahí está el otro cortado, y la veo y la reconozco. Una hermosa postal familiar. Se ríen, parecen felices. Cruzo mirando para el otro lado tratando de llegar a la esquina. Pienso en lo rápido que una nena puede olvidarse que alguna vez lo fue. Pienso en la inocencia, en mi credulidad, pienso en la fantasía. Pienso y no siento nada.

Callejera

Subieron al colectivo en Ciudad Universitaria. Los sábados se disputan campeonatos de fútbol y los pibes terminan de jugar y se suben en grupos a los bondis. Suben así nomás, sin cambiarse, con la ropa de fútbol y un poco transpirados. Y exudan el juego, el cansancio, sus veinte años promedio, todos divinos, con sus shores blancos y las medias hasta las rodillas, los botines medio descosidos y mirá loco, se me están rompiendo los botines, todo ahí al lado de la pobre que vaya sentada en los asientos individuales con los anteojos de sol, simulando que mira para otro lado pero mirándoles el culo, qué duda cabe, y pensando en ellos ahí al sol, jugando, y ellos ajenos, aparentemente, a todo, enredados en sus charlas del partido, la bronca, lo cago a trompadas, te digo que si no nos quedáramos afuera del campeonato, porque tampoco da que nos suspendan y quién te llama al celular, cortale a tu novia, gil, pollerudo.

“Tiene novia, qué lástima” pensé justo cuando me di cuenta, esa vez en el 37, de que otro me miraba. Sus compañeros se habían sentado ya, y había lugar, pero él se quedó parado al lado mío, con los shorcitos blancos y la remera de River, aparentemente ajeno a mí pero al lado mío, sin despegarse. Y yo pensaba qué lindos que son los chicos cuando terminan de jugar un partido, cómo se ponen. Qué lindo que hablan estos tucumanos, el pelo algo largo y caído como desordenado a los costados de la cara y yo pensando en ellos en el vestuario bañándose juntos, y el colectivo parecía lleno tan solo de ellos seis. No me gustaría que te bañaras, me gustaría ver cómo te desnudás de a poco, dejando la ropa sucia a un lado mientras yo miro sin que sepas porque estaría ahí en tu casa con cualquier excusa. Parecía imposible.

Y entonces no me di cuenta de que los demás se habían bajado y que él que se quedaba, y no sé bien cómo pero me dijiste hola, disculpame, tengo que ir hasta Corrientes y Rodríguez Peña, ¿sabés dónde me tengo que bajar? y yo te dije ahí me bajo, te aviso y vos algo dijiste no me acuerdo y entonces soy Benjamín. Y me preguntaste si estudiaba en Ciudad Universitaria y te dije no, que había ido a ver a una amiga que se recibía y seguimos hablando cuando bajamos en Rodríguez Peña y yo ya no podía creerlo, estaba tan caliente, y vos tan lindo te corrías un poco el pelo hacia el costado derecho porque tengo que bañarme urgente, me dijiste, y yo quise decirte no te bañes, quiero chuparte el pecho y sentir ese sabor tan raro a transpiración, quiero rebajarme todo lo que decidas y sé que con vos lo haría, solo con vos, te la chupo igual aunque no te hayas bañado, te juro, por favor dejame. Pero cómo te iba a decir eso, no, pero entonces nos dimos cuenta de que nos gustaba el cine a los dos y me hablaste de una película de Jarmusch y te dije algún día me la prestás y ¿ahora podés subir? No sé, quizás te da cosa, como no me conocés, disculpame, mejor te mando un mail. Sí, puedo, tengo una hora, y ¿cómo dije esto? me fui al carajo pero tenía tantas ganas de ver cómo te sacabas esos botines descocidos que me enternecían, chuparte el cuerpo transpirado, dejarte rebajarme y que me guste, y si me dejás hasta te hago masajes en las pantorrillas y los pies y veo cómo de a poquito se te para, o de repente, qué bueno sería de repente.

Algunas cosas se cumplieron y otras no: subí a tu departamento de estudiante del interior, caro y bien arreglado, que compartís con dos más y justo, qué suerte, no estaban, y me dijiste esta es la peli, ¿me bancás que me cambio y te acompaño hasta la puerta? era obvio que me ibas a coger si me dejaba y me dejé, pero antes me acerqué despacio a tu cuarto y te vi sacarte los botines y las medias, el pantaloncito blanco y ahí fue que me viste, me llamaste, entré, te corrí un poco más el pelo a la derecha, te dije mi nombre y apellido, dónde nací y me fui acuclillando, y me dejaste que con la lengua recorriera tu pecho y tuvo ese sabor que yo esperaba; tu cintura y te bajaste de a poco el calzoncillo y me dejaste que te chupara la pija despacito, pero ya estaba tan dura que no pude verla levantarse, no pude tener ese privilegio, estabas tan dulce con tu cansancio físico y vi cómo te despeinabas de placer y me cogiste, con la leve violencia de quien sabe que el que está adelante se entregó sin saber nada, solo a la locura de ese cuerpo que se le sugería pero tendría que haber sido inalcanzable, la violencia de quien sabe que el otro se dejó levantar en un bondi lleno de gente, a las dos de la tarde de un sábado, la violencia que pedía yo. Y bajaste tan dulce, tan ajeno a la tarde de sábado en el centro, bajaste a despedirme. Habré guardado tu teléfono y ¿me daría vergüenza ahora si te viera?