Anatómicamente Ken

Alto, ojos azules, bronceado perfecto, bailaba. Mientras movía las caderas se levantaba un poco la remera dejándome espiar sus abdominales también perfectos.
En un mar de locas éramos la mejor opción, casi la única. Me miraba, trataba de seducirme sin saber que un jueves a las dos de la mañana eso era algo completamente innecesario.
Fue una noche de dos primeras veces: primera vez que me meto con un tipo en un baño público (de donde nos echaron: acá sólo cogen gays); primera vez que me iba de un boliche con alguien.
Nos fuimos calentando las pocas cuadras que nos separaban de su cama. Llegamos al ascensor con la mitad de la ropa en la mano. No podía creer el cuerpo de ese hombre. Sencillamente perfecto. Me calentaba mucho la idea de que un tipo tan lindo estuviera conmigo, casi más que lo que el tipo lindo efectivamente hacía. Sin poder esperar lo tiré al sillón.
Terminamos de desnudarnos a un ritmo desesperado; yo estaba mojada. Lo tocaba, le hacía la paja. Esperaba una señal. Buscaba algo increíble.
Esperaba.
Le hacía la paja y esperaba.
La quería grande, la quería dura; esperaba. Más paja, más espera. Nada.
Sin aviso previo, un gemido contenido, un espasmo y mi mano se sintió pegajosa. Su sonrisa impecable, repugnante, y su mini pija, todo blanco.

Ken quiso ser educado, me acompañó hasta la parada. No pude evitar que me abrazara y me contara de su novia (una Barbie, una té con leche, sin dudas). Más allá de la lástima que me inspiraban él, su chica y el hambre que tendría ella, lo que decía se pisaba con una única idea recurrente, un autorreproche y la indignación más absoluta; cómo pude olvidar aquella navidad cuando papá noel me trajo un Ken y descubrí que los muñecos siempre te decepcionan cuando les bajás los pantalones.

Para las fiestas!


Y bue.. ¿Qué mejor ocasión para ventilarla?
Un poco de descontrol no le viene mal a nadie.. hay que aprovechar la ola de calor!!

Todo junto


Estos días me llegan mil invitaciones para ir de un lado al otro. Presentaciones, cumpleaños, fiestas de fin de año, gente que no veo hace mucho. Es como si de repente todo el mundo se hubiera metido un torpedo en el culo y quisiera hacer todo ya, ya, ya!! Lo que me molesta, en el fondo, es que coincidan en un mismo día dos fiestas a las que tengo muchas ganas de ir. En una va a estar Walter y en otra Benjamin. No sé que hacer...

Princesa y vagabunda




profundidad.
(Del lat. profundĭtas, -ātis).
1. f. Cualidad de profundo.
2. f. Lugar o parte honda de algo.
3. f. Dimensión de los cuerpos perpendicular a una superficie dada.
4. f. Hondura o penetración del pensamiento o de las ideas.



Salís de gira con amigos, llegás a un bar y lo ves. Ese chico, al que le preguntás su nombre y que te responde secamente Benjamín, al cual le dirás Benja por el resto de la noche y los días que seguirán viéndose, te gusta. De él no sabés nada. Nunca antes lo has visto. Te gusta el misterio que hay en sus ojos, te gusta cómo se mueve. La gira continúa. Están en otro bar, se sumó y se restó gente. Están bailando. Un remember ´80 con Iggy Pop, y vos bailás con él. Te vas a la barra y ahí está nuevamente. Estás abrazada de otro, y él te dice que no te atrevés a darle un beso. Estás borracha, nada te importa y abrazada del otro besás a Benja.

Los echan del boliche, son las seis de la mañana. El otro te propone ir a su casa. Querés continuar la gira, pero con Benja. Ahora estás en un taxi yendo junto con Benja a la casa de una mina que no conocés. Tiene un cactus gigante, te intimida esa planta dentro del living. Ella cuenta que la tiene desde que llegó a la ciudad, hace doce años. Escuchan música, hablan de pintores, siguen bebiendo. Benja y vos se besan, la mina busca discos. Benja y vos se tocan, las manos se pierden en los agujeros. La mina les dice que tiene otra habitación si quieren pasar. Ella los invita a subir al estudio, les muestra unos trabajos. Te sentís rara, el alcohol va bajando, son apenas las ocho de la mañana. No entendés si Benja quiere estar con la mina o con vos, o con las dos. Benja se tira en la cama de la mina. Vos te acercás y le decís que te vas. Vos sólo querés estar con Benja. Él se levanta y salen juntos del departamento de la mina.

Ahora están en la calle. Paran un taxi y van a tu casa. Te gusta. Su cuerpo es perfecto. No dejás de mirarlo. Te toca, estás mojada. Su pene te calza como el zapato a la cenicienta. Mi príncipe, pensás. Acaban sudados. No hubo sexo oral. Te encanta el sexo oral. No hubo. A las tres de la tarde se va.

No dejás de pensar en él. A los dos días lo tenés en el msn. El otro le pasó tu mail. Empiezan los encuentros subtes. Nadie sabe de ustedes, ni ustedes mismos.

Ahora están en su casa. Querés que te chupe la concha, pero él sube y te pone el pito en la boca. Tiene un pito irresistible, te gusta. Se lo chupás. Chupámelo todo, todo, todo. Pero todo no entra, y Benja no lo entiende. No es Walter, definitivamente no es standard. Tratás de meterlo todo. Sentís una arcada. Todo no entra, y lo lamés por fuera, jugás con su pito. Le gusta, pero quiere que lo chupés todo. Intentás nuevamente, pero todo no entra. Pará, le decís, y te acaba en la boca.

No le dije que no

Lo dejé que creyera lo que quisiera. Que se mostrara caballero, que me cuidara el triple.

Lo dejé que a cada rato me preguntara ¿Estás bien?, que se preocupara constantemente por darme placer a mí, que no objetara cuando le dije que no le quería hacer sexo oral por las dudas.

Claro-, me dijo – Es mejor que no te agaches, ¿no?. Y yo asentía callada, mientras el me la seguía chupando, maniobraba así su lengua y yo vibraba al compás de esos movimientos, y miraba mis tetas como embelesado y me decía Están más grandes, ¿no? Y como me gustaría chupártelas con leche..

Y cuando le dije que era mejor que yo estuviera arriba por las dudas, porque con el peso nunca se sabe asintió callado y me manipuló como si fuese una caja de mudanza, de esas que llevan el cartel de frágil en todos lados.

Y había algo en él, en el brillo de sus ojos...yo creo que el pensar que yo estaba embarazada lo excitaba más: el saber que no era suyo le provocaba fantasías porque era un poco prohibido lo que estábamos haciendo y eso lo volvía loco.

Y después me acariciaba la panza, me besaba la panza, nunca pensé llegar a tener un orgasmo mientras alguien me besaba la panza...

Y después se fue pero volvió con chocolates en la mano: Por los antojos, me dijo.

El otro feroz

4 hrs.
Insomnio. Cuando por fin pude dormir, aparecieron ellos: los come-hombres. Resulta que estaba con Las Benjamin de viaje. Era un bosque. De pronto, la gente empezaba a huir porque habían aparecido los secuestradores-come-hombres. Teníamos que escondernos. Acá no había heroísmo, no había el yo-me-enfrento-con-todo ni el nadie-me-vencerá. El miedo estaba presente. Los secuestradores tenían pinta de jipis mala onda. Estaban muy cerca nuestro. El miedo crecía cuando íbamos descubriendo las desapariciones de parte del grupo. Se los habían llevado. Se los habían comido. Con una Benjamín empezamos a correr, escondiéndonos de los come-hombres. Ahí me desperté, cagada de miedo. Salí al living a verificar las cerraduras de la puerta. Encendí mi velador como cuando era niña. Ahora ya no era el insominio, sino el miedo de volverlos a ver.

6 hrs.
Pienso si esos come-hombres tienen alguna relación con Walter. Hace una semana hice un corte definitivo y necesario.

6:20 hrs.
Pues bien, ellos regresaron; esta vez, pude comprobar que no era un ataque de misoginia, no era que se comían sólo a las mujeres, devoraban carne humana sin esperar a matar. Carne fresca. Esta vez, estaban más sacados que antes. Ahora los caminos eran más complicados, debíamos trepar cerros, cruzar descampados. Estaba en una cabaña, esperando a alguien cuando los veo acercarse. Salgo corriendo por la puerta trasera. Escucho un auto que arranca y aparece ella. Aparece mi abuela materna, en su auto. Le digo que me lleve. Llevame con vos, le digo. Mi abuela abre la puerta y despierto.

7 hrs.
Me hago un café. No pienso dormir nuevamente.
¿Qué onda este sueño mala onda?

23 hrs.
Con un compañero de trabajo, estábamos tan al pedo que empezamos a armar el pesebre navideño; léase: armamos una lista de los empleados y sus roles para nuestro patético pesebre.
Tiene que ser muy freak, me dice A. Como el pesebre es un poco acotado, se sumaron personajes de otros cuentos.
A, mi compañero de trabajo, decidió que yo sería Caperucita Roja. Obviamente le pregunté qué coños tiene que hacer Caperucita en Navidad. Me respondió trae la canasta navideña. Era una buena respuesta.

El domingo estuve en el Festival Buen día en los bosques de Palermo con un vestido rojo.
Y lo ví. Estaba Walter. Sentí miedo. Tomé mi bolso y me fui sin mirar para atrás. Me fui del bosque.

Acabo de regresar de la psicoanalista. Le conté mi sueño, le conté del pesebre, le conté mi domingo. Ella me dijo: el otro feroz. ¿Quién es el lobo?, pregunté.
No le di tiempo de unir las historias. Inmediatamente me vi con el vestido rojo saliendo del bosque, recordé a la abuela, el lobo...


LOVE MACHINE

Fragmentos de un discurso espantoso

Walter dice:
Te imponés

Walter dice:
¿Por qué no dejás que las cosas sucedan o te diga las cosas cuando las quiero decir?

Walter dice:
Me presionás con esas cosas a hacerlo...

Walter dice:
...y no me gusta

Walter dice:
Y no es que no las diga porque no las siento

Walter dice:
Sólo que no me gusta que me las saquen

Walter dice:
Quiero que salgan solas

El mudador de almagro.

Me lo recomendó una amiga y después de un par de mensajes de texto arreglamos la cita. A las 7 am lo tenía tocando timbre en la puerta del departamento que, entre cervezas, porro y lágrimas, mi hermana y yo habíamos desmantelado la noche anterior. Me impresionó. No por lindo sino por extraño: un cuerpo moldeado a fuerza de levantar roperos, brazos trabajados, espalda enorme, 1.65, no más. Y su pelo. Rulos kilométricos al viento, desparramados a su antojo, casi suspendidos por el aire de la mañana. “Soy Gerardo”, me dijo e inmediatamente se puso en acción con un vigor inusitado para esa hora de la madrugada. Mi hermana sale del cuarto, lo mira y mientras se lava los dientes lanza la primera broma del día: “Sansón”, me tira, y el apodo le queda tan perfecto que tengo que disimular la risa al salir del baño. Lo recuerdo con una energía como jamás he vuelto a ver. Trajinaba con las cajas mal embaladas, pegadas de cualquier manera, levantaba con monstruosidad animal nuestras sillas desparejas, nuestros pequeños tesoros: un espejo que heredamos de la tía abuela, un modular que encontramos por la calle.
En el camión manda a los peones para atrás y me ofrece un lugar a su lado. Hombre rudo, sí, pero caballero. Hombre de pocas palabras, me pareció. Avanzamos por Rivadavia hasta el Congreso casi sin hablar. Cuidadoso del traqueteo, como si llevara antigüedades valiosísimas, va lento. La mirada fija en el camino. Comienzo una conversación trivial para llevarla para el lado que deseo: saber sobre él. Pasa los cambios con una precisión machísima, de camionero. Empieza a hablar, y entonces no para hasta que llegamos a destino. Me cuenta que tiene 40 años (aparenta mínimo 12 años menos), una hija de 15. Sigue contando: en la mudanza encontró una forma de sublimar su espíritu inquieto. Antes fue una plantación de algarrobas en algún lugar de Uruguay, en una cooperativa, donde todos trabajan lo mismo y obtienen lo mismo, una comunidad jipi donde imagino tuvo amores afiebrados. Habla y habla y yo no puedo dejar de observarlo; se emociona: habla de la justicia social, de sus ideales de igualdad, habla un poco del país, del trabajo con los peones, de cómo reparte el valor de cada mudanza en partes iguales. Me cuenta de su obsesión de coleccionista: tiene en su casa un galpón lleno de pequeños tesoros que ha ido recolectando de cada casa que ha trasladado. Sillas antiguas, restos de espejos, retazos de telas, partes de maniquíes. Stop. ¿Partes de maniquíes? Encuentro la punta para intervenir. Mi sueño es tener un par de piernas de maniquí en mi cuarto. Se lo comento, y me promete estar alerta. Cuando retoma para llegar justo frente al pasaje, el viento le revuelve los rulos que salen desde la ventanilla.
La descarga es tan vigorosa y veloz como la carga. Sonríe y canta, se ríe con los peones, con carcajadas enormes. Le convido un mate. Lo acepta. Lo toma campechano, apoyando una mano sobre la mesada de la cocina. El brazo en tensión marca un musculoso camino que me adentra en las mangas recortadas de su camisa hasta un pecho que adivino de pectorales velludos, de abrazo poderoso.
Veo cómo los peones bajan del camión nuestras últimas cosas resagadas, las que subimos de cualquier manera por falta de cajas: mi colección de revistas literarias en bolsas, las frazadas tejidas que nos mandó mamá para el invierno, dos caloventores inútiles. Corona su tarea pasando la escoba por el camino de hormiga. Le pago y me despide con una mirada profunda.
Dos días después recibo este mensaje: “Hola, no me olvido: estoy buscando tus piernas”. Por supuesto, le respondí.

Primeros romances


¿Quién no recuerda el primer amiguito con el que jugó al médico? ¿o con el que llegaron al acuerdo"yo te muestro mi chochi si vos me mostrás tu pitulín"?