mensaje baboso
Queremos decirte, Pedro, que nosotras detestamos el "sorbete" y no tenemos miedo de llamar a las cosas por su nombre.
Somos MILITANTES de la PAJITA.
lO que las mUjereS callan

Colo dice: No sé, recién me llamó B, supongo que veré una peli, algo tranqui. Estoy muerta
Lola dice: Colo tiene novio.
Colo dice: Puajjjj
Lola dice: jjajajaja
Colo dice: ¿El ninja?
Lola dice: Yo me conformo, sólo quiero un buen garcheeeee.... algo esperanzador jajajajja
Lola dice: ¿Quién es el ninja?
Colo dice: La tortuga, B. Es más lentooooooooo…
Colo dice: Un buen garche, yo también quiero un buen garche; puta madre extraño a mi amante, acá son un desastre estos boludos.
Lola dice: Totales.
Colo dice: No saben coger o la tienen mini… zzzzzzzzzzzzz
Colo dice: Qué brinca, y yo que hago yoga, jajaja
Colo dice: Brinca, jajaja BRONCA
Lola dice: Jajajajaja estás con pensamiento erótico.
Colo dice: Ay, si. Tengo ganas de coger, en verdad que me cojan, pero bien cogida.
Lola dice: A veces eso no es tan fácil de conseguirrrr
Colo dice: Ayer en la fiesta pensaba, puta madre, me chaparía a uno de estos pendejos y que me dé con todo. Si es fácil, el rollo es sostener lo que viene con eso.
Lola dice: Si eso hago a veces.
Colo dice: Allá podía cogerme uno distinto cada noche si yo quería. Allá todos quieren coger siempre, es maravilloso, jajaja.
Lola dice: Son unos cogedores.
Colo dice: Acá son unos apáticos de mierda vagos del orto.
Lola dice: Jajajajaja
Colo dice: Lo siento, estoy contra los hombres. Qué joda.
Lola dice: Te comprendo
Lola dice: No hay de dónde sacar y cuando sacás son una bosta.
Colo dice: Y el ninja que no hace una buena perfo, malllll, y yo... la más boluda me "encariño", puta madre!!!!
Lola dice: Lo màs facil es conseguirte pendejos.
Colo dice: Cucharita, cucharita, como si la cucharita me llevara a un orgasmo.
Lola dice: A mi también me pasó...
Colo dice: A full, un pendejo, pero bien pendejo, eh? y a coger. Luego ni lo tenés que ver.
Lola dice: Me encariñe a pesar de la bosta... Me agarró por el sentimiento maternal.... jajajjaj.
Colo dice: No way!
Lola dice: Deberíamos tener burdeles decentes para nosotras también!!!
Colo dice: Ves??? Así nunca voy a poder estar con uno solo, siempre voy a estar buscando un amante.
Lola dice: Yo he concluido que uno tiene que aceptar tener amantes y punto.
Colo dice: Totalmente, el martes hablaba eso con una amiga, queremos ir a un burdel a flashear.
Lola dice: Es que a mí me pasa siempre lo mismo: con los que cojo de la puta madre, no los aguanto en la interacción normal y con los que me llevo de la puta madre, cogemos para el orto.
Colo dice: Mirá con G cogía maso, para mí era medio desastroso, aunque últimamente estaba más performático, porq le dije: loco, pilas que hacés el ridículo.
Lola dice: Entonces la solución es quedarme con los que me llevo de la puta madre y conseguirme un amante.
Colo dice: Ayyy sí pasa eso, pero mi amante era genio total, tipo que interacción de puta madre y sexo increíble. Y no se enamora de mi, carajo; igual, está lejos ahora.
Lola dice: ¿Pilas que hacés el ridículo?
Colo dice: Sí, pilas que hacés el ridículo.
Lola dice: Que mierda boluda... que difícil encontrar eso.
Colo dice: Sí, si, hay que tener amantes y listo. Mirá, me voy a casar con B y viajaré cada tres meses por trabajo, y visito a mi amante.
funcióncontinuada
Instantáneas de la recuperación de la inocencia.
Cenital:
Mirado desde arriba,
el suelo se comparte igual
que la esquina
de una pared húmeda.
Un poeta grita con su cuerpo
verdades discutibles,
y los vasos de todas las manos
se vuelcan a la vez.
Los que estaban notaron
la delicada conmoción
de los cristales,
la llamada interviniendo
la luz azul del piano,
los ojos fijos en un punto.
Los que estaban notaron
todo menos el momento
justo del contacto.
Secuencia:
Si la calle está helada y la seguimos
vamos a tener que patinar
juntos hasta alcanzar el refugio
de palitos y de hojas.
Al chico que lleva mi mochila
no lo conozco,
pero su gesto me dice que soy buena.
Y yo le creo.
Pienso en hacer el esfuerzo
de llevarlo en brazos.
Si llegás hasta la esquina estás conmigo.
Infrarrojo:
Que sea lento obliga
a reconocer una uva
en cada anécdota.
Decidimos cambiar la borrachera
por chicles de otra década.
En el 96, hubiéramos escapado
del partido de Argentina
por el fabuloso mundo
de los pasillos desiertos.
Ahora tenemos la mejor idea
de ser otros,
para escapar del ruido.
Mi saquito azul
planea hasta el parquet;
y es un charco idéntico al
que tenemos en mente.
Estamos cruzados por el Medio.
Yo soy un gesto,
un vuelo detenido
en el aire.
Pura pulsión paralizada.
Luz natural:
Si amanece antes que nosotros
vamos a tener tiempo para
recordar a los caídos:
un bracito de barbie que le ganó
a las mudanzas, playmobiles
heridos en puestos de feria.
Vamos a observar
la manteca y el milagro
de la conexión:
la sensación nueva es desayunar
a upa de tus ojos.
Cuando cuente tres no te vas a acordar nada
La despedida frente a Kodak
es una foto robada,
un investigador que a la mañana
se empeña en descubrir
quiénes éramos.
El colectivo nos regresa
al punto de las
ecuaciones matemáticas:
Ya nos da paranoia, ya maduramos
los errores, ya no dormimos dos noches
en otra cama que no sea
nuestra cama.
I did it again
- Me encantás.
- Callate.
- En serio, me encantás; o sea, desde hace tiempo que me encantás.
- Dejate de joder.
- Me gusta tu piel, tu pelo, tus tetas, tu concha. Tenés la concha más rica que he probado en mi vida.
- Ah, eso es un halago, ¿no? Onda, no puedo decir lo mismo de tu pito. Jajaja, es una broma. No está mal.
- ¿Por qué sos así?
- Así ¿cómo?
- Así, que te hacés la mala todo el tiempo.
- No me hago la mala. Soy mala. ¿No te diste cuenta?
- Yo lo que veo es una mujer hemosa que se pone una coraza encima porque se siente atacada por el mundo.
- ¿Estás drogado?
- Vos lo que querés es alguien que te mime, que te quiera, que te acompañe.
- ¡Bingo! pero sos re persuasivo, eh?
- No te hagás la dura, sola te vendés.
- Bueno, cortala ¿no? O sea, del "me encantás" al "tenés una coraza", como que te fuiste un poco al carajo.
- Qué linda que sos. Posta, me encantás.
- Si vos no me has dado bola, ¿a qué viene ahora tanto "me encantás"? Estás ebrio.
- Estoy más sobrio que vos, te lo aseguro.
- Puede ser.
- Es más, me casaría con vos.
- Bueno, dale. Vamos a casarnos.
- ¿Cuándo?
- Ahora.
- ¡¿Ahora?! Pero necesitaría hacerme un corte, onda un pacto con sangre.
- Nah, mirá: con baba. Un pacto de baba.
- ¿Cómo?
- Lamete la palma de la mano.
- Estás loca.
- Te encanta.
emO
- No me acuerdo. O sea, tengo como... pequeños fragmentos de la noche.
Me acuerdo que estábamos charlando en la fiesta. De ahí... no sé, onda, casi me caigo. Creo que fue cuando volvía del baño que fui a tratar de sacarme el hipo.
- ¿Qué hipo?
- ¡Ah! me dio hipo ¿podés creerlo? Hipo emocional.
- ¡¿Hipo emocional?!
- Seh... el año pasado me dio tres veces. Me da tipo... en situaciones extremas. estaba hablando de una persona que re quiero y en eso... ¡pum! el hipo. Bueno, la cosa es que cuando volvía del baño resbalé en el jardín y casi me caigo, entonces me sostuve de una silla. Creo que del susto se me pasó el hipo, y... no sé... creo que él me ayudó y de ahí no sé... estábamos a los besos.
- No te acordás de nada.
- De ahí estaba en su cuarto.
- ¿Cómo llegaste?
- No me acuerdo. Creo que fue después de que desapareció mi cartera.
- ¿Cómo que desapareció tu cartera?
- Ah, sí. Cuando fui al baño a sacarme el hipo, regresé y un amigo me dijo que una mina había agarrado mi cartera.
- ¿Y qué hiciste?
- Nada, fui y se la pedí. Le dije que era mía, y me la dio.
- ¿Estaban drogados?
- Nah, mucho whiski. Bueno, la cosa es que estábamos en su cama. Me acuerdo que me leía poesías y no sé cómo me dijo de casarnos.
- Como Britney Spears.
- Claro, ahí entendí a la pobre Britney; sólo es posible casarse estando ebria.
- Ay amiga, estás re loca. ¿Y que supiste de este chico?
- Nada, el muy hijo de puta no me ha escrito ni me ha llamado. Es el casamiento más efímero de mi vida.
- Bueno, vos no hagás nada.
- No, ni pretendo. El mismo día pensé en escribirle un mail para ver cómo estaba; pero al final pensé que mejor fuese él quien lo hiciera. Pero nada.
- Una experiencia.
- Una pobreza.
El alcohol en el paladar al amanecer
el 38
La nena
Lo tengo entre las piernas, y es el momento que más amo. El momento en que más lo amo. Suena su celular. “esperame nena, tengo que atender, es Celeste”. Siempre tiene que atender y yo sé que no es Celeste. Es Gabriela. Pero “Celeste” es el nombre oblicuo que viene a nombrar el vínculo que lo une con ella. Celeste, o “la nena”. Me confundo, desde hace un tiempo yo también soy “la nena”. “Nena, qué te pusiste”, “ay, nena”, “nena te quiero ver en tetas, y en bombacha”. Creo que nunca me llamó por mi nombre, pero desde el principio me gustó el apodo. Y desde el principio no me sale otra cosa que actuar en consecuencia a él. Yo nunca me atreví a decírselo, pero conmigo misma lo llamo “el Oso”. Me gusta jugar sola a que tengo un nombre para mi amante secreto.
Es lunes y estoy en bombacha otra vez, pero arriba de la camilla de Ivana. Aparece con la cera y empieza con lo suyo. Cuando llegué le pedí que no me dejara nada ahí abajo, es una sorpresa para el Oso. Con destreza llega al tema y no sé cómo me escucho contándole. “Tengo un amante secreto. Un señor”. Ivana se ríe pero no se sorprende. Y cuenta anécdotas que no esperaba enterarme: me habla de las mujeres de más de cincuenta que le piden lo mismo para un aniversario, una vez al año. Me habla de mallas blancas y de que lo que les gusta a los hombres. Describe las temporadas de invierno y de verano. Pero no dice nada de ninguna clienta que quiere ser nena otra vez y me siento única. Una nena para el Oso, una diferente.
Cuando bajo a contaduría está mostrando fotos de la nena. Las llevó en un pen drive y alrededor todos coinciden en que es hermosa. Me acerco y antes de verlas, ya lo sabía: Celeste con vestido, Celeste saltando arriba de la cama, Celeste haciendo morisquetas, Celeste con Gabriela. Me recorre un frío involuntario. Es linda Gabriela, más de lo que creía. Pero Gabriela es una señora de tapado y zapatos, y por un momento hasta siento el perfume que seguro tiene puesto. Es linda Gabriela, pienso y me miro y me fijo si tendremos algo que ver, si ella también alguna vez fumó porro o escuchó Morcheeba. Me delineo mentalmente: las zapatillas y los jeans gastados, la camperita de plush y el moño que tengo puesto en el pelo. Es linda Gabriela, pero es una madre. Él me lo dijo una vez, Gabriela es sólo la madre de la nena.
Cuando está profundamente dormido, ronca. Me despierta pero no me enoja, lo tapo con las sábanas; me permito cuidarlo porque sueña y no se da cuenta de nada. Pero cuando el Oso está despierto, dejo que él me proteja, porque me gusta que me abrace con toda su enormidad y me haga sentir diminuta. Sentir en mi abdomen plano la panza del Oso, estimulante, fabulosa, una panza de luz. Ahora, sobre las sábanas, descansa la cabeza del Oso. Su gigante desnudez contrasta contra mi cuerpo blanco y mínimo. A veces pienso que me gustaría vernos en un espejo; cuando estoy arriba de él, cuando se balancea arriba mío, cuando acaba y me mira a los ojos. A veces pienso que el Oso es como un padre para mí: me acurruca, me acaricia el pelo, me besa. Me sienta en sus rodillas y me cuenta un cuento, uno cualquiera, de cuando era joven, cuando Gabriela no existía, ni Celeste, ni yo. Cuando no había nenas, cuando tenía más pelo y menos arrugas. Cuando era la imagen viva de la inexperiencia.
Me ducho mucho tiempo, disfrutando. Me seco mal y medio mojada me pongo la bombacha nueva. Mis amigas me chatean y les contesto así como estoy, en toalla. Quieren que vaya con ellas a ver una instalación. No puedo, hoy veo al Oso. Se enojan un poco porque no entienden que es martes y si no es hoy tengo que esperar hasta que Gabriela vuelva a tener franco. No se los cuento y me sorprendo a mí misma al darme cuenta cómo el tempo de mi vida está regido por las vidas de otras personas que ni se imaginan que existo. Escucho Happy Mondays mientras me seco el pelo largo y lacio. Elijo la ropa adecuada: zapatillas, medias, un vestido de feria. Armo la mochila con dos porros y mi camisón preferido. Estoy por salir y me llega un mensaje. Lo contesto sin rencor, desarmo la mochila y prendo uno. En la muestra tomo vino gratis y me aburro. Sólo pienso en estar en la cama con el Oso.
“Nenita, hoy no puedo y mañana tampoco. Es que se enfermó la chica que la cuida y bueno, viste como es esto, ella tiene una cena y me tengo que quedar con Celeste. Tenía ganas de comer con vos, lo dejamos para después”. Escucho el mensaje y me invade una especie de rabia intensa, me tiro en la cama y lloro mucho. Muerdo el libro que estoy leyendo, le arranco el prólogo y las tapas. Rompo un lapicero chino de cerámica contra la pared que da al patio. Me lo imagino jugando con Celeste, haciéndola dormir y la odio. Un compañero de la facultad titila en naranja invitándome por quinta vez a ver una película de Jarmusch, pero no quiero, estoy encaprichada con el Oso.
Entonces el silencio me obliga a crecer vertiginoso, en un par de meses. Entro en razón y me olvido. “No importa que estemos distanciados, mi familia siempre van a ser Celeste... y Gabriela, y nadie más”, me canceló la última vez. Y fue una iluminación. Es domingo y paseo sola por Palermo, entro a un local y reviso las carteras, elijo una y decido dejar de usar la mochila por un tiempo. Suena el celular, es Pedro que me invita a cenar a un restaurant peruano o algo así. Declino porque estoy cansada y hace mucho tiempo que no tengo un domingo para mí, vacío, ocupada como estoy en mis proyectos, el trabajo y las lecturas. Me sonrío cuando me acuerdo la época en la que los domingos eran los días de Celeste. Entonces lo veo, sentado en una mesa frente a la plaza Armenia; fuma un cigarrillo y mira hacia la calle. Recorro la mesa, un cortado y un licuado, y al lado, obviamente, está la nena. Miro con un poco más de atención y ahí está el otro cortado, y la veo y la reconozco. Una hermosa postal familiar. Se ríen, parecen felices. Cruzo mirando para el otro lado tratando de llegar a la esquina. Pienso en lo rápido que una nena puede olvidarse que alguna vez lo fue. Pienso en la inocencia, en mi credulidad, pienso en la fantasía. Pienso y no siento nada.
Callejera
Subieron al colectivo en Ciudad Universitaria. Los sábados se disputan campeonatos de fútbol y los pibes terminan de jugar y se suben en grupos a los bondis. Suben así nomás, sin cambiarse, con la ropa de fútbol y un poco transpirados. Y exudan el juego, el cansancio, sus veinte años promedio, todos divinos, con sus shores blancos y las medias hasta las rodillas, los botines medio descosidos y mirá loco, se me están rompiendo los botines, todo ahí al lado de la pobre que vaya sentada en los asientos individuales con los anteojos de sol, simulando que mira para otro lado pero mirándoles el culo, qué duda cabe, y pensando en ellos ahí al sol, jugando, y ellos ajenos, aparentemente, a todo, enredados en sus charlas del partido, la bronca, lo cago a trompadas, te digo que si no nos quedáramos afuera del campeonato, porque tampoco da que nos suspendan y quién te llama al celular, cortale a tu novia, gil, pollerudo.
“Tiene novia, qué lástima” pensé justo cuando me di cuenta, esa vez en el 37, de que otro me miraba. Sus compañeros se habían sentado ya, y había lugar, pero él se quedó parado al lado mío, con los shorcitos blancos y la remera de River, aparentemente ajeno a mí pero al lado mío, sin despegarse. Y yo pensaba qué lindos que son los chicos cuando terminan de jugar un partido, cómo se ponen. Qué lindo que hablan estos tucumanos, el pelo algo largo y caído como desordenado a los costados de la cara y yo pensando en ellos en el vestuario bañándose juntos, y el colectivo parecía lleno tan solo de ellos seis. No me gustaría que te bañaras, me gustaría ver cómo te desnudás de a poco, dejando la ropa sucia a un lado mientras yo miro sin que sepas porque estaría ahí en tu casa con cualquier excusa. Parecía imposible.
Y entonces no me di cuenta de que los demás se habían bajado y que él que se quedaba, y no sé bien cómo pero me dijiste hola, disculpame, tengo que ir hasta Corrientes y Rodríguez Peña, ¿sabés dónde me tengo que bajar? y yo te dije ahí me bajo, te aviso y vos algo dijiste no me acuerdo y entonces soy Benjamín. Y me preguntaste si estudiaba en Ciudad Universitaria y te dije no, que había ido a ver a una amiga que se recibía y seguimos hablando cuando bajamos en Rodríguez Peña y yo ya no podía creerlo, estaba tan caliente, y vos tan lindo te corrías un poco el pelo hacia el costado derecho porque tengo que bañarme urgente, me dijiste, y yo quise decirte no te bañes, quiero chuparte el pecho y sentir ese sabor tan raro a transpiración, quiero rebajarme todo lo que decidas y sé que con vos lo haría, solo con vos, te la chupo igual aunque no te hayas bañado, te juro, por favor dejame. Pero cómo te iba a decir eso, no, pero entonces nos dimos cuenta de que nos gustaba el cine a los dos y me hablaste de una película de Jarmusch y te dije algún día me la prestás y ¿ahora podés subir? No sé, quizás te da cosa, como no me conocés, disculpame, mejor te mando un mail. Sí, puedo, tengo una hora, y ¿cómo dije esto? me fui al carajo pero tenía tantas ganas de ver cómo te sacabas esos botines descocidos que me enternecían, chuparte el cuerpo transpirado, dejarte rebajarme y que me guste, y si me dejás hasta te hago masajes en las pantorrillas y los pies y veo cómo de a poquito se te para, o de repente, qué bueno sería de repente.
Algunas cosas se cumplieron y otras no: subí a tu departamento de estudiante del interior, caro y bien arreglado, que compartís con dos más y justo, qué suerte, no estaban, y me dijiste esta es la peli, ¿me bancás que me cambio y te acompaño hasta la puerta? era obvio que me ibas a coger si me dejaba y me dejé, pero antes me acerqué despacio a tu cuarto y te vi sacarte los botines y las medias, el pantaloncito blanco y ahí fue que me viste, me llamaste, entré, te corrí un poco más el pelo a la derecha, te dije mi nombre y apellido, dónde nací y me fui acuclillando, y me dejaste que con la lengua recorriera tu pecho y tuvo ese sabor que yo esperaba; tu cintura y te bajaste de a poco el calzoncillo y me dejaste que te chupara la pija despacito, pero ya estaba tan dura que no pude verla levantarse, no pude tener ese privilegio, estabas tan dulce con tu cansancio físico y vi cómo te despeinabas de placer y me cogiste, con la leve violencia de quien sabe que el que está adelante se entregó sin saber nada, solo a la locura de ese cuerpo que se le sugería pero tendría que haber sido inalcanzable, la violencia de quien sabe que el otro se dejó levantar en un bondi lleno de gente, a las dos de la tarde de un sábado, la violencia que pedía yo. Y bajaste tan dulce, tan ajeno a la tarde de sábado en el centro, bajaste a despedirme. Habré guardado tu teléfono y ¿me daría vergüenza ahora si te viera?
El embale
Nos lleva, a cada una a la casa. Primero a Magdalena, que vive de pasada, y luego se desvía 45 cuadras para acercarnos hasta el hostel donde estamos parando María y yo. Fascinadas observamos las manos de Fede, su manera de pasar los cambios, cómo le cuelga el reloj hermoso de esa muñeca cincelada por dioses inspirados. Lo vemos manejar e instantáneamente nos imaginamos todo: el auto de Fede estacionado en la puerta de mi casa de Lanus, papá haciendo el asado y diciéndole “pibe”, mamá dándole de probar a Federico torta de manzanas. Él pedirá la receta y bendecirá las manos que obraron ese milagro. La siguiente escena (se superponen una sobre la otra mientras avanzamos por calles empedradas y en el auto se comentan cosas que no termino de entender) en la siguiente escena de la edición casera de mi mente soy yo la absoluta protagonista. Hablo por teléfono con María y estoy contándole lo felices que somos, que anoche me sorprendió con una cena y unos juguetitos para que nos divirtamos mas. Y entonces sí, lo atrapo en una cápsula y me entrego completamente a la fantasía: Federico retozando en mi cama del departamento de Capital, Federico recorriendo con esas manos mi cuerpo que tiembla, y yo besándolo por todos lados, ahí, como tantas veces nos instruímos con María, primero lento, unas vueltitas de lengua juguetona para luego bajar lamerlo todo, debajo de las bolas, la raya del culo, todo bañado de saliva, voy a bañarte Federico, seguro nunca te hicieron algo así. O sí, pero este es mejor, te la voy a comer hasta la arcada. Federico dormido, lo veo desde la puerta del cuarto y me parece un milagro de diosylavirgensanta, soy la mujer más maravillosa y él pordiosteloruego no existe, está absolutamente construido por mi imaginación. Yo te creé Federico, tenés que ser mío, hace tiempo que te vengo imaginando. Nos deja en el hostel. Comentamos con risitas, no nos podemos dormir. Lo amamos.
Quedamos en ir a pasear por lugares típicos la noche siguiente. En la mesa (babeo) cita a Manuel Puig y entonces se dispara una conversación sobre el arte. (Soy hermosa, feliz el momento en el que decidí estudiar Artes en la UBA) Sé lo que digo y tengo mi posición tomada sobre el tema. “Pensaba ir a buscar otra cerveza pero acabás de decir algo fundamental que yo siempre pienso” dispara directo a mi corazón y me mira a los ojos y entonces hablamos del pacto de recepción entre el artista y el público y si la obra de arte que no es vista por nadie es o no una obra de arte. Pasa un chiquito y pide una moneda. Él le acaricia la cabeza y yo creo estar viendo el cuadro realista más impactante en mis 30 años y con toda mi experiencia de curadora encima. Se interesa por mí, me mira, me escucha con atención. Quiere saber más, y entonces nombro a Benjamin y tiro un par de conceptos, y me siento Messi, puedo girar y girar porque esto es lo mío y estoy en mi salsa y si encima de que sos todo te interesás por el arte yo nunca más voy a permitir que te separes un instante de mí. Voy acercándome al área, sorteo dos interrupciones con habilidad magistral, el espejo de la pared detrás de sus hombros me refleja y estoy divina: el pelo genial, la piel impecable, la sonrisa canchera. Los demás charlan de cualquier cosa: este mundo Federico, se hizo para nosotros dos, vos y yo solos, que se vayan, que dejen, que no paguen que yo me hago cargo de la cuenta en uruguayos, que elijan lo que quieran no me importa nada más que mirarte.
Llega el mozo: habíamos pedimos pizza de rúcula y albahaca y con la charla me había olvidado. El vino me dio hambre, comemos, con serenidad, soy una señorita, dos porciones nada más, pero a vos te pasaría el aceite de la pizza por encima y te comería sin pudor. Toda una instalación, el concepto es claro: el hombre morfable. El hombre que no existe, lindo, bueno, amable, culto, chicas… ¡está sentado aquí a mi lado! y cuando esta parafernalia termine me lo voy a llevar al hostel, o mejor él me va a llevar a mi en el auto a ver las estrellas mientras cabalgo sobre él de cara al volante. Segunda porción y todo sobre ruedas. Los demás se van dispersando, la música empieza a elevarse, ya no podemos hablar. Vamos a la pista, cómo se mueve, nunca fue lo mío el baile pero hago el esfuerzo, las luces me iluminan, soy hermosa, estoy divina, acercate Fede, dale. Me dice algo al oído. No lo escucho.
-Qué? - los Chemicals Brothers estallan, y yo con ellos.
Otra vez no lo escucho, se ríe, se me acerca más.
-Qué??? abro la boca para que me oiga mejor.
- Que tenés una rúcula en el diente.
Silencio.
¿El deseo es un relámpago..
Cuando el deseo se sacia, cuando la persona que elegiste se levanta de la cama y se va, ¿el deseo también se levanta de la cama y se va?
¿Qué es lo que nos hace querer volver a estar con una persona que ni siquiera conocemos, con la que casi ni hablamos?
Por ahora, es un misterio...
ns/nc
nos preguntamos por la razón de ser de la remera
manoseandonos con ganas
voló
nos preguntamos para qué tenía puesta la bombacha
mordisqueándonos apenas
desapareció
entre risas te pregunté si te calentaba
me dí vuelta rauda
te monté
entre besos me preguntaste si te quería
y nos escondiste bajo las sábanas
palmada en la cola
y va de espaldas
transpirados,
gritamos a un tiempo
me pregunté por qué seguía en tu cama
acaricié a tu gata
me fui
It´s so bittersweet
Hay una pregunta que siempre me hago: ¿se dará cuenta Benjamin de que ando con otro? No es que estemos mal, de hecho no lo estamos, pero creo que es aburrimiento, costumbre; fingir demasiadas veces ya.
A Walter lo conocí de casualidad, en el colectivo. Unas pendejas un poco borrachas me empujaron y él, como me vio con un montón de cosas en la mano tratando de hacer equilibrio para no caerme, me dejó el asiento. Cuando la señora sentada al lado mío se bajó se sentó al lado mío y me dio charla. Histeriqueamos. Me bajé y me siguió; me dijo de ir a tomar algo. Ese día Benjamin tenía un cumpleaños, yo sabía que no me iba a llamar así que le dije que sí.
-Algo fuerte- le dije al mozo.
Y él eligió por mí y pidió un fernet con Coca.
Me gustan los hombres que eligen por mí.
Me gustan los hombres que en la cama saben moverse solos sin que una los tenga que guiar. Porque son esos hombres los que también saben pedir, de una forma en la que una no puede negarse.
Después de algunos tragos llegó la cuenta, Walter pagó y cuando salimos me empujó contra la pared y me encajó un beso. No me dio tiempo de nada, ni siquiera de hablarle de Benjamin.
Seguimos hasta que una viejita que abrió la puerta nos empezó a putear por estar haciendo movimientos obscenos en su puerta y porque nos dimos cuenta de que el portero se estaba tocando mientras nos veía.
Yo me caliento con que nos mire el portero. Me imagino los tres juntos, Walter, el portero y yo, la reina de la noche, gozando de los dos lados, algo que todavía no hice porque no me animo.
Pero no pasa nada de eso. Nos vamos a mi casa y cogemos en el piso de la cocina. Yo me toco y Walter me acaricia otras zonas, yo llego, el llega, los dos acabamos a la vez hasta que nos quedamos dormidos ahí mismo.
Me despierto a la madrugada y lo echo: le digo perdoname, pero tengo novio, y puede llegar en cualquier momento.
No se enoja, sino que me da un beso y me dice: nos vemos otro día, ¿te puedo llamar?.
Le paso mi celular. A los tres días me llama. Nos volvemos a encontrar. Estamos juntos. Lo despido y me prendo un cigarrillo. Salgo a fumarlo al balcón.
Tocan el timbre. Es Benjamin, habíamos quedado en ver un capítulo de Lost juntos. Me pregunto si se dará cuenta de que acabo de estar con otro.
Hay algo misterioso en el sexo, en la forma en que dos cuerpos se amoldan, no importa con cuantos cuerpos estuvieron antes. Porque hay algo que queda siempre, y es el olor a sexo. Como el olor a pis después de comer espárragos. El olor a otro nos queda en la piel, por más que nos bañemos.
Pero no, Benjamin no se da cuenta. Mientras tanto, lo sigo viendo a Walter. Mi vida como una comida agridulce, con el sabor de Walter y de Benjamin entremezclados con mi cuerpo que es uno solo.
Cuestión de piel
Lo hacemos de parados, contra la pared o directamente en la mesada de la cocina. No hay tiempo que perder, no se puede, esperar para llegar al cuarto y después dormir abrazados.
A la ecuación de nuestra pareja le sacaron el cariño: no solo es sexo casual sino que nos vemos a horarios raros, hablamos solo vía mensajitos de texto y hay veces que ni siquiera bajamos del auto.
Sin embargo, Walter, sos la persona con la que más piel tengo y tuve en toda mi vida.



